«Frankenstein está en todos y cada uno de nosotros»

A la gente le gusta creer. Es de sobra conocido. Desde el momento en el que algo que nunca sucedió pasa a formar parte de la memoria colectiva, trasciende en mito, como ese inexistente recuerdo que se le atribuye a Mary Shelley presenciando el experimento de Andrew Crosse en un anacronismo absurdo. Nunca estuvo allí pero ¡Cuánto nos gusta creer que ese experimento extraordinario de electroestimulación culminó en la que posiblemente haya sido la novela de terror más trascendente de la historia! ¿Terror o realidad? La verdad es mil veces más maravillosa que la misma fábula: la realidad vuela más alto que la ficción a la que sirve a veces de alimento, dijo hace más de 200 años Don Evaristo Fernández San Miguel y Valledor sin pena y con gloria después de haber definido con total precisión la más sublime de las presentaciones del horror a lo cotidiano, de la belleza del miedo familiar.

Y entonces el ser humano se yergue como ese desdibujado Dios destructor y caza a todo moderno Prometeo, que inconsciente y casi ingenuamente, está a punto de invocar a Pandora y regar de males a la humanidad a través de la ciencia, la más temida, la ingenua verdad, sin maquillaje y sin filtros. Mediante esa excusa tan manida de velar por la evolución nace el doctor Jeckyl & Mr. Hyde día tras día sin que nada ni nadie pueda contenerlo. El Doctor Muerte alemán solo se convirtió en el terror debido esa fama no tan merecida de la monstruosidad Naiz que, por todo lo demás, no fue ni más ni menos cruel que cualquier otra manifestación de absolutismo social y político.

» Y entonces el ser humano se yergue como Dios destructor y caza a todo moderno Prometeo «

En esa misma guerra, una realidad igualmente monstruosa, quizás más, se ocultaba al mundo y esa era que el bando de los vencedores decide quién es quién en el reparto ético. Así, el Doctor japonés Ishii pudo poner a prueba la resistencia del cuerpo humano para diseñar un Frankenstein que nunca conoció este mundo pero que implicó la muerte de miles de niños, hombres y mujeres estadounidenses de todas las edades, y fue así sin ninguna criba moral, sin consecuencia social alguna. Terminó la guerra y el Dr. Frankenstein nipón no solo no obtuvo un castigo bíblico sino que fue fichado como jefe de investigación por los hijos de los estadounidenses a los que había torturado. La contienda entre USA y Japón había terminado y daba comienzo la Guerra Fría. El monstruo nipón no solo no fue condenado por su creación sino que, hasta el día de su muerte por causas naturales, fue un buen y caritativo ciudadano de provecho.

Prometeo o el Frankenstein moderno

Cuando la profecía de La Prometheia (Προμήθεια) se cumpla, la caída de Zeus será inminente, la muerte del verdadero monstruo, la tecnología al servicio del poder infinito, la búsqueda de la inmortalidad, la fortaleza titánica y todo aquello que aniquila la esencia del ser humano. Esa búsqueda del no-ser humano para liberarse del miedo a la muerte. Ese Zeus vengativo, decadente, hambriento de hegemonía frente al Prometeo liberado, amante de la humanidad, que representa la tecnología natural, carente de ambición. Como si del Kuklux Klan se tratara, asedia a la comunidad negra en Missisipi, mata a las sociedades indias americanas, tortura sistemáticamente.

En algún punto de la historia, el verdugo se transmuta en la doncella Io y ofrece a los modernos Prometeos la redención a través de la propuesta de que usen el fuego para sí mismos. Pero, ¿Están preparados los buenos entes para la egolatría que implica obtener el poder? La libertad se termina en el mismo instante en el que Prometeo Desencadenado, ya libre de su triste destino en el Cáucaso, descubre que el futuro se anticipa solo porque es parte de un proceso. Ahora es futuro, mañana será presente y pasado mañana será pasado. Decide, entonces, reunir el poco valor que le queda para huir sin mirar atrás con el único objetivo de que Zeus no vuelva a encontrarlo. Es el papel de la víctima y el verdugo, el juego del gato y el ratón de una sociedad mil veces repetida que comenzó con esos dos Homo Sapiens preshistóricos que, dentro de una cueva, decidieron emplear un cuchillo y un punzón para acabar el uno con el otro en vez de a trabajar juntos en la mejora global de su calidad de vida por temor a repartir las ganancias sin que sus egos quedaran saciados.