Hace una década cuando un buen amigo me habló por primera vez del transiberiano, me imaginé atravesando la estepa siberiana de un extremo a otro en un maravilloso tren desde Moscú a Irkutsk. Este mítico tren Rossiya sería lujoso, majestuoso y literariamente romántico. Pues bien, la realidad es que salvo para aquellos que eligen hacer el transiberiano en los Golden, la inmensa mayoría de nosotros, pobres mortales (remarco lo de pobres), tenemos que conformarnos con una serie de vagones de diseño soviético (o lo que es lo mismo, feos y prácticos), un bar desangelado en el que solo verás a alemanes y rusos bebiendo cervezas a 3€ por 50 centilitros (bueno, y a nosotros dos XD) y pasando largas tardes en las ventanas del pasillo del tren. ¿Lo pongo peor de lo que fue? ¡Claro! En realidad lo recordaré siempre con un cariño especial pero siendo sincera y ya que no quiero caer en los hippismos habituales de los neoviajeros, confesaré que estaba terriblemente cansada de pasar los últimos cuatros días en un tren en el que, además, habíamos elegido mal los asientos-cama y tanto mi compañero como yo estábamos en las de arriba (ya hablaré más extensamente del tema en consejos para el tren transiberiano que no te fastidiarán el viaje).

Llegada a Irkutsk a las 20,30

Por eso cuando pusimos el pie en la coqueta estación de trenes de Irkutsk, ambos respiramos profundamente. Esa pequeña ciudad (sí, creíamos que Irkutsk era pequeña con su medio millón de habitantes…eso es lo que hace no leer muchos blogs de viajes e ir a la aventura por la vida) parecía encantadora y lo fue más aún cuando atravesamos el puente a pie. ¡Ay! Se me había olvidado comentaros que en la medida de lo posible siempre vamos andando a los sitios. En este caso íbamos con los macutos y no nos importó porque apenas estábamos a 15 minutos a pie pero en la mayoría de los casos solo optamos por el transporte público o el taxi para llevar y traer el equipaje.

Nuestro hotel estaba ubicado una vez pasado el puente sobre el río Angará. Llegamos al Hotel Butik&Museum y nos acogieron bastante bien aunque el concepto de hablar inglés no se aplica en Rusia, aunque eso ya lo sabíamos, ¿No? Gracias a Google Translate nos entendimos relativamente rápido pero ya hablaré acerca de mi opinión del Hotel Butik&Museum en otro momento.

Eran las diez de la noche y viernes cuando decidimos salir a cenar algo. Las casas señoriales abundaban por la zona y, en aquel momento, no nos percatamos de que estábamos en los suburbios de la ciudad. Ojalá todos los suburbios fueran iguales que en Irkutsk. Después de vagabundear y de percatarnos que el nivel de alcoholismo nocturno entre la población es bastante elevado, decidimos comer en el único lugar que encontramos abierto a las diez y media cerca del hotel…un kebab 24 horas que estaba justo en frente del hotel. No voy a entrar en detalles porque no lo merecen. Solo sé que Rusia es turbia, incluso cuando no lo pretende. Nos fuimos y al cabo de un par de minutos de entrar en el hotel vimos desde la venta de nuestra habitación como unos chavales en bicicleta rodeaban el 24 horas y los dueños cerraban. Nos quedamos a-no-na-da-dos. En fin.

Al día siguiente nos levantamos muy pronto. Teníamos reservado solo un día para visitar la ciudad y acercarnos a Listvianka, la entrada del lago Baikal. Lo más gracioso era que creíamos que Irkutsk era mucho más pequeña de lo que realmente era así que, al final, nos pasamos toda la mañana de visita y, siendo sincera, nos hubiera gustado pasar un día más porque realmente tiene mucho qué ofrecer. Recorrimos la ribera hacia el Toplye Ozora Na Snezhoy, un lago en el que hay un precioso islote así como diversas atracciones para toda la familia. Es donde se encuentra también la noria de Irkutsk, un símbolo de la ciudad y de Rusia al completo. ¡Hay norias en todas las grandes ciudades!

Paseamos durante tres horas y media y pudimos contemplar el Irkutskiy Oblastnoy Krayevedchekiy Muzey, aunque no entramos, la estatua de Alejandro III, las iglesias ortodoxas Sobor Bogoyavlensky y Kazanskaya Tserkov y la Iglesia Cristiana, hoy reconvertida en una sala de conciertos y teatro.

También descubrimos que la urbe era preciosa desde un punto de vista de arquitectura urbana y descubrimos el porqué. Durante el zarismo, se exiliaron un sin número de artistas rusos e intelectuales a Siberia. Irkutsk se convirtió, debido a ello, en el centro neurálgico del arte y de la cultura. Esto se tradujo en una arquitectura refinada y en una explosión literaria y artística que aún perdura a día de hoy.

Fue gracias a esta información que entendimos porque había tantos museos en esta urbe y, de hecho, por qué hay cerca de una veintena. ¡Si, una veintena! Después de horas caminando conocimos la preciosa Catedral del Theotokos de Kazán, una espléndida construcción que no tiene desperdicio.

Además, las impresionantes – y algo decadentes – casas fueron también una de las apuestas aunque hay que reconocer que no recordamos el nombre de ninguna. Se pueden encontrar en la Wikipedia de Irkutsk fácilmente si te interesan.

A la 1 de la tarde nos fuimos de visita al Lago Baikal y no regresamos hasta las 7 de la tarde. ¡Y estábamos famélicos! Esta noche no haríamos lo mismo que la anterior sino que comeríamos algo medianamente típico de la región. Fuimos hacia la zona centro, al Mamochka II, aunque podríamos estar en cualquier rincón de la ciudad ya que descubrimos que se come bastante bien y barato en todos los restaurantes. Si en el lago Baikal habíamos probado el delicioso Omul, ahora comeríamos los no menos famosos dumplings que nos acompañarían en nuestro viaje por Mongolia y China.

A la mañana siguiente estábamos subiendo al tren de Irkutsk a Ulan Udé y nos quedábamos con más ganas de Irkutsk, mas ganas de Lago Baikal y más hambre de cultura siberiana.