Cuando llegamos a la estación Lenindgrasky de tren de Moscú despuntaba el alba, lo cual significa que serían las cuatro y media de la mañana. Es lo que tienen estas latitudes, a pesar de que solo halla un cambio horario de dos horas con respecto a Tenerife. Legañosos y sin haber pegado ojo por cortesía de una de las compañeras de camarote que había decidido no dejarnos dormir en toda la noche por cortesía de la música y sus Whatsapps sin silenciar. Elegimos una de las cafeterías que circundan la estación para tomar unos cuantos cafés y esperar hasta las ocho de la mañana comprobando una vez más que los bares en Rusia son bastante turbios a este lado del mundo. Era sábado y la susodicha cafetería tenía un ambiente, ese ambiente de Moscú, tan diferente al que habíamos vivido en nuestra visita a San Petersburgo. Y es que así como San Petersburgo había sido un flechazo instantáneo al estilo de Budapest o Copenhague, Moscú me recordó a Madrid en el peor sentido del término. Una ciudad repleta de miradas altivas, de falta de curiosidad hacia lo ajeno. Una urbe en la que Gucci y McDonalds cohabitaban con el Mausoleo de Lenin en donde estás pagando desde el mismo momento en el que pones un pie en la calle.

Así lo constatamos cuando llegamos al hotel Art Galaktika. Llegamos al susodicho a las ocho y media de la mañana. Era muy barato y estaba bien ubicado. Para pasar una noche no necesitábamos más (o eso pensamos antes de verlo). Situado en un patio interior, entramos y dejamos nuestro equipaje en la sala común. Pero ya trataré más ampliamnete acerca del Hotel Art Galaktika porque merece la pena contar una experiencia tan corta y tan intensa como esta.

Después de dejar nuestro equipaje, no sin algo de desconfianza, pero con mucho ánimo, nos dirigimos hacia el centro de Moscú. A pesar de que lloviznaba y que apenas habíamos dormido, nos armamos de voluntad mientras atravesábamos a pie la Theatre Square en la que nos quedamos ensimismados con la plaza de Karl Marx y el Teatro Bolshói. Imagínate, ¡El Teatro Bolshói! Había soñado con conocerlo desde hacía años. Ya sabíamos que iríamos a la tumba de Lenin (teníamos la suerte de que era sábado y que formaba parte del horario del Mausoleo, que es bastante limitado). También habíamos pensado ir al Kremlin y entrar en la Catedral de San Basilio. No haríamos ninguna de estas cosas. Pero no adelantemos acontecimientos.

Por supuesto sí que nos resultó espectacular el conjunto de edificios de la Plaza Roja. O nos lo hubiera parecido de no haber sido porque justamente dos días después de nuestra visita iba a tener lugar el Festival de Música Militar Spásskaya Bashnia y la plaza estaba cerrada. Esto nos forzó a hacer de turistas al uso y dedicarnos a sacarnos unas pocas fotografías de recuerdo y poco más mientras lloviznaba.

La lluvia nos había dado tregua y aprovechamos para explorar un poco más de la zona centro. No tardamos mucho en darnos cuenta de que cada rincón de la zona histórica era ahora un enjambre de tiendas de lujo que rodeaban la plaza Roja y, por ende, el Mausoleo de Lenin. Algo así como comprar una camiseta del Ché Guevara en un Bershka.

Ni en los Campos Elíseos de París o en la Quinta Avenida de Nueva York había visto semejante opulencia. Tampoco le dimos demasiadas vueltas en ese momento. Volvía a lloviznar de nuevo y necesitábamos urgentemente ir a un baño que no pudimos encontrar en el Starbucks (no, en serio) por lo que tuvimos que buscar en un centro comercial. Recordé ese tema de Boikot: “Y si Lenin levantará la cabeza…¿Que habéis hecho? ¿Darle un burguer con queso?” mientras pagaba los cincuenta rublos que cuesta mear en los baños públicos. Puesto que ahora llovía torrencialmente, aprovechamos para comprar tarjetas SIM rusas baratas para tener internet y El Principito en ruso (en otro post hablaré de los souvenirs más curiosos para viajar).

A todo esto, nos habíamos dado cuenta por la mañana de que nuestro tren a Itkursk no saldría al día siguiente sino esa misma noche por lo que solamente teníamos ese día para conocer Moscú. Por cierto que compartiré unos cuantos consejos prácticos del tren transiberiano – transmongoliano porque, en serio, es bastante común esto de equivocarse con las fechas y hacer mal la planificación. En parte lo agradecimos porque el hotel cápsula en el que nos tendríamos que haber quedado hubiera sido un infierno terrenal.

Nuestro tren salía a la una menos veinticinco de la mañana. Fuimos en autobús (40 rublos/trayecto). Esa sería la primera y última vez que tomaríamos un autobús en todo el viaje pero no estábamos por la labor de conocer más Moscú. Experimentábamos esos instantes de despreocupación, de absoluta y genuina falta de curiosidad hacia un lugar que parecía rechazarnos a cada paso que dábamos. Por eso a las ocho de la tarde ya estábamos en una de las estaciones de tren más bonitas que he visto en mi vida.

Estuvimos a galope entre las salas de espera y las cafeterías durante las siguientes cuatro horas releyendo Crimen y Castigo, charlando, tomando cervezas y esperando a que llegara el bendito momento de abandonar la capital rusa para siempre. Media hora antes de la salida del tren ahí estábamos los dos, bajo una lluvia torrencial, como en una de esas películas de la Nouvelle Vague, con nuestra documentación en mano para subir al maldito tren de una vez y dormir for thousand years, como cantaba Lou Reed. La fortuna (y también un error de novata) no nos había reservado ese destino. Más bien, la muy h******* quería que no pudiéramos descansar hasta las tres de la mañana. ¿El motivo? Cuando llegó mi turno de subir al vagón, la provonitza me vetó el paso diciéndome algo en ruso que no entendía. Por suerte, una chica joven estaba aprendiendo el oficio de provonitza junto con la susodicha y se comunicó conmigo a través de Google Translate. En resumen, el pasaporte no coincidía con el número que aparecía en el billete. Durante unos minutos, pensé que la aventura había terminado pero tan solo me costó unos 200 rublos (3€) arreglar ese fallo en la documentación. Luego sabríamos por qué. A la hora de reservar el tren, no tenía mi nuevo pasaporte todavía por lo que había utilizado mi pasaporte ya caducado para reservar el tren pensando que el número de pasaporte no cambiaba. Cansados y demolidos psicológicamente, ni siquiera nos despedimos con un simple gesto o una mirada de la ciudad.

Aunque después de nuestra visita, nos enamoramos aún más del recuerdo que nos había dejado San Petersburgo, conocimos a varias personas en el aeropuerto de Beijing, poco antes de regresar a casa que nos mostraron una imagen diferente de la ciudad. Ahí comprenderíamos que la ruta del transmongoliano siempre es diferente, personal. Dos personas recorren el mismo camino y, sin embargo, el relato de sus respectivos viajes cambia radicalmente. Como si no hubiera dos trayectos iguales. Es posible que, siendo justos, necesitemos darle una oportunidad a Moscú, máxime después de recordar lo hermoso del Kremlin, la Catedral de San Basilio, el teatro Bolshói, el Mausoleo de Lenin, la armería del Kremlin y muchos otros lugares que visitamos mientras recorríamos la ciudad de Moscú a pie. No entraré en detalles acerca de qué hacer en Moscú ya que hay una ingente cantidad de artículos muy buenos al respecto. Solo me queda mi propio relato de una visita más agria que dulce que terminó de un modo surrealista acorde con el comienzo. Sea como fuere, a las 00,35 estábamos en la estación de Yarovslavsky no sin un incidente que marcaría el comienzo del tren de Moscú a Itkursk del transmongoliano.