Querido  Papá:

Desde bien pequeño te observaba con esa admiración con la que solo es capaz de mirar un crío de

ocho años a quién le había dado la vida y estaba manteniendo a toda una familia. Y, ¿Por qué no reconocerlo? La principal razón por la que te miraba así era porque quería ser como tú; quería una mujer que me quisiera tanto como te quería mamá, unos hijos que me miraran como mi hermana y yo te mirábamos – como mi hermana continúa mirándote -, un trabajo hecho a tu medida que habías conseguido íntegramente, luchando día a día para sacar adelante a la familia. Quería «hacerme a mí mismo» como tú te habías hecho a tí mismo.

Durante la infancia pasé largo tiempo con mi madre, más que contigo. Eso conllevaba que se forjará aun más la leyenda de que mi padre era una especia de Dios. Hasta que llegó mi pubertad. Por aquel entonces, aun no había averiguado que hiciera lo que hiciera, nunca sería suficiente para tí. No tenía idea de que por mucho que yo tratara de impresionarte, nunca me dirías las palabras mágicas; «Hijo, estoy orgulloso de ti». Esas palabras que he esperado hasta bien pasado el quinto lustro de mi vida.
Recuerdo que, a mis 12 años, ingresé en el equipo de fútbol del barrio para impresionarte. No te puedes imaginar cuanto entrené para ese primer partido. Mi primera decepción. Recuerdo que marqué un gol, fui corriendo donde ti tras el partido, esperando un abrazo y un «orgulloso, hijo, orgulloso» y que lo que encontré fue un sermón sobre todos y cada uno de los errores que había cometido. Dejé el fútbol a las pocas semanas y tú le dijiste a mi madre que era un «veleta» y que nunca llegaría a nada con tan poca determinación. Pensabas que dormía. No sé si lo leerás algún día pero escuché muchas cosas acerca de mi cuando creías que dormía.
Podría citar miles de ejemplos que acaecieron después de esta primera vez; si yo pescaba un pez, podría haber pescado diez; si un trámite burocrático no me salía como quería, es que era tonto; si no conseguía cambiar el aceite al coche, era un inutil; si me interesaba el arte o tenía ganas de expresar mis emociones, me estaba volviendo maricón y, por supuesto, si trataba de hablar contigo a un nivel más profundo, más allá de las cervezas de rigor y el partido de fútbol en el bar, tenía que dejar de darle tantas vueltas a las cosas.
Pero fue peor aun al alcanzar la edad de veinte años. A estas alturas sentía una mezcla de resentimiento y rabia contra ti; ¿Por qué no estabas orgulloso de mi? ¿Por qué un hijo tenía que lidiar con la decepción continua de un padre que esperaba que su descendiente varón fuera como él pero quintuplicado? Mi autoestima por los suelos, mi odio hacia ti, enervado.
Te diré algo, papá padre, nunca jamás seré como tú. Nunca trataré a mis hijos con esa indiferencia, nunca viviré, envejeceré y moriré sin que ellos sepan lo agradecido que estoy porque hayan llegado a este mundo.
Y te diré más; nunca les miraré con resentimiento porque no hayan cumplido MIS expectativas, dejaré que sean libres y los querré de la misma manera que tu quieres a mi hermana, con condescendencia, dulzura y orgullo. No pretenderé volcar mis frustraciones y mis sueños devastados en mi vástago y le diré «sé fuerte». Porque, papá padre, un niño es fuerte cuando tiene el apoyo de su padre, un niño es fuerte en la medida en la que sabe que «puede ser quién quiera», que es libre.
Y si algún día llego a ser el hombre que quiero ser, seré yo quién te mire con cierta lástima tolerante, quién barrunte tus estados de ánimo seniles y perdone tu mediocridad. Porque, querido papá padre, yo si estoy orgulloso de ti, siempre lo he estado. Algún día, sabré que todo lo hiciste por mi, que lo hiciste lo mejor que «te dejó» el ridículo rol de «cabeza de familia». Y, si este día en que llego a ser el hombre que quiero ser, ya es demasiado tarde yo no cometeré el error de no decirte aquello que sé que estarás esperando, tumbado en tu cama con horas y horas para reflexionar; «Padre Papá, te perdono.
La vida es tiempo. Nada más.