Hasta pasados los veintiséis siempre tuve la mala costumbre de culpar a los demás de todo lo que me iba mal en la vida. Todo. Culpaba a mi padre si se me olvidaba matricularme a tiempo. Culpaba a mis profesores cuando suspendía. Culpaba a mi madre de desesperarme, a mis amigos de no entretenerme, a mi mala suerte en el trabajo. Durante mucho tiempo me parapeté en lo que la sociedad no me daba, en lo que me había negado y, en cierto modo, era natural hacerlo porque, al fin y al cabo, no vivimos en una sociedad ideal, el trabajo precario está a la vuelta de la esquina, no todos los profesores son abnegados profesionales y las oportunidades económicas no son las mismas para todas las personas. Hace muy poco tiempo vi unas interesantes viñetas que me hicieron meditar acerca de las oportunidades de unas y otras personas aunque siempre me había posicionado a favor de quienes lo tienen más complicado. Sin embargo, cuando ahondé en el contenido de las viñetas descubrí que la crítica estaba dirigida hacia el sistema educativo estadounidense que se basa en el endeudamiento del alumno, el capitalismo más salvaje y demás. Aquí tendemos hacia ese sistema educativo pero cuando muchas otras y yo estudiamos, había mil y una becas y oportunidades para los que estudiaban, siendo de clase media (o media-baja). La criba económica para recibir becas de unos 3.000€ para aquellos que nos fuéramos a más de 100 o 200 kilómetros de nuestro hogar, estaba situada en los 24.000€ anuales por núcleo familiar si mal no recuerdo. En definitiva que cualquier hija de obreros podía estudiar sin tener que trabajar a principios de los 2000 (o si quería, como yo, podía trabajar en verano para sacar unos extras). Durante muchos años, nosotras pudimos estudiar sin tener que trabajar. Solo era necesario hacer eso: ¡Estudiar! Y ni eso hacía. De hecho, tardé más tiempo del habitual en terminar la carrera y continuaba culpando a todo el mundo de cada problema que tenía que vivir que, por cierto, eran muy pocos ya que casi siempre había alguien para sacarme las castañas del fuego, aunque yo no lo quisiera ver.

Cuando te das cuenta de que la responsabilidad social no te exime de tener responsabilidad individual

El cambio de actitud llegó cuando empecé a redactar. Fue una época complicada, crítica, de esas de las que hablaba Marcel Proust, de las etapas duras que te curten, que te educan y que te hacen crecer a pesar de que son verdaderas crisis de identidad. Por primera vez en mi vida mi suerte natural se había acabado. Siempre había tenido quién me ayudara. Siempre había pospuesto las cosas y no había pasado nada pero, por primera vez, a mis veintisiete años, esa procrastinación, ese dejar para después, me había explotado en la cara. Y, por mucho que quisiera culpar al sistema, lo cierto es que el sistema cruel en el que vivía no era el responsable de mis actos. De hecho, fue en tiempos de crisis económica cuando yo empecé a crecer a nivel profesional. ¿Casualidad? No hay casualidades que valgan. A veces no sabemos de lo que somos capaces o no lo queremos saber porque eso conlleva una ruptura con la comodidad a la que estamos tremendamente acostumbradas. Por supuesto, hablo desde mi punto de vista que es el de una mujer de clase media, veinteañera por aquel entonces, universitaria y sin cargas familiares. No pretendo generalizar sino que mi caso (que es también el de muchas otras personas de mi generación) trata de evidenciar una perspectiva de la realidad, no todas.

Lo más probable es que termines viviendo de excusas sino aprendes a canalizar tus frustraciones.

El año dos mil once me enseñó una valiosa lección: por mucho que culpara a otros de mis desgracias, mi vida era mía y si no me responsabilizaba de ella, las cuentas pendientes me perseguirían fuera a dónde fuera. Descubrí que aunque este mundo esté podrido nadie tiene que venir a rescatarme cuando cometo un error que es mío, que da igual que la vida sea injusta y que unos consigan mucho sin hacer nada o cuántas excusas pudiera llegar a poner. Lo cierto es que si yo no me hago cargo de mi vida es muy posible que me hunda y a este sistema le importará más bien poco.  Por eso empecé a aceptar que existían dos tipos de responsabilidades, independientes la una de la otra. La responsabilidad individual (lo que puedes cambiar) y la responsabilidad institucional y estatal (lo que no está en tus manos en gran medida y por lo que, a mi entender, sí que debes pedir cuentas a ajenos). Sin tener estas dos caras de la misma moneda claras, lo más probable es que termines viviendo de excusas o que te deprimas hasta el extremo de esconderte en casa de tus padres hasta que mueras porque este mundo cruel que hay en el exterior me persigue. También es posible que la rabia y la ira te destruyan o que sea otra persona la que se responsabilice de todos tus errores, si es que hay alguien que no llega a cansarse de cargar contigo y consigo misma.  Con este planteamiento ya aprendido, volví la vista atrás, a todos esos años en los que culpaba a los demás y a la sociedad de todo lo malo que me había pasado y descubrí muchas cosas. Descubrí que cuando no me matriculé porque fui perezosa y no me di cuenta hasta que era tarde me llamaron de la secretaría de mi facultad y me hicieron la matrícula una trabajadora (tuve suerte pero, ¿A quién voy a culpar de ser una pasota conmigo misma?). Recordé que mis amigas me sacaron de más de un problema, me alojaron en sus casas e, incluso, me prestaron dinero durante muchos años hasta que se hartaron de mí. Me di cuenta de que no había mostrado ninguna gratitud con quienes me habían ayudado a lo largo de mi vida y la verdad es que me entristeció aunque lo cierto es que lo hecho, hecho estaba.

Ser agradecida con lo que se tiene es lo que realmente libera, lo que hace crecer; agradecer a tus seres queridos, tu profesión (o cambiar de profesión si no es así) tus virtudes y valores.

Recordé que cuando me ofrecían trabajos bastante bien remunerados era incapaz de seguir un horario y enseguida me aburría de mantener un empleo constante. Conocí a muchas personas a las que llamaba amigas y que no lo eran, otras que sí pero que ni me conocían ni las conocía. Rememoré cuantas veces mi dejadez y mi «cuento chino» me llevaron a perder oportunidades valiosas. Oportunidades que dejaba pasar porque llevaban tiempo, porque me faltaba autoestima (de la de verdad), por que requerían que confiara en mí, porque no eran inmediatas, porque necesitaba hacer un esfuerzo. Un esfuerzo y una concentración de las que yo carecía porque, en el fondo, por mucho que criticara a la sociedad alienada e inmediata, yo era exactamente igual que todos los demás. Una persona que no creía que los objetivos a largo plazo merecieran la pena, que trabajar por algo, creer y construir aun a riesgo de perder era lo más grande que puede hacer un ser humano. Una persona que prefería envenenarse con unos ideales que, en el fondo, eran de mercadillo para no poner en práctica lo que podría ser una verdadera revolución vivencial; pasar del decir al hacer, de las pancartas y las manifestaciones a la coherencia diaria, constante, a toda costa.

Por mucho que criticara a la alienación generalizada y la sociedad de la inmediatez, yo era exactamente igual que todos los demás.

Ahora lo sé. Tardé mucho en aprender que, aunque hay cosas que no se pueden cambiar, el hecho de centrarse en esos obstáculos para no actuar es el principal nutriente de esta sociedad. El aliciente. La pereza autocomplaciente. Pasar años con una persona para que se pudra la relación y después llegue un divorcio y se culpe al cielo por la mala suerte. Dejar las cosas para no complicarse la existencia y que, años después, las complicaciones que no buscabas se conviertan en problemas que afrontar (normalmente, en el peor de los momentos posibles ya que las cuentas pendientes suelen amontonarse y combinarse con tragedias externas). Alejar a todas las personas que te han querido porque te recuerdan demasiado a todo lo que eres (y a lo que no eres). Lo que sigues siendo hasta que se diga lo contrario. No hay mayor prueba de que se ha superado una crisis de identidad que ese instante mágico en el que quienes te recuerdan tus defectos, reciben una sonrisa tierna por tu parte. Una sonrisa condescendiente que no es hacia ellos sino hacia ti misma. El instante en el que se descubre que culpar a los demás no solo es un concepto erróneo (puesto que si eres un ser humano adulto, siempre tienes elección) sino que es terriblemente desmovilizador. Al culpar a otras personas, eliminas la posibilidad de actuar puesto que tú no tienes que cambiar nada. Son todos los demás los que fallan. No tú. Si tú no tienes que cambiar, te conviertes en consumidor. Todos te tienen que proveer ya que tú te lo mereces más que nadie porque eres una pobre víctima de las circunstancias. Como decía una frase jocosa de un sketch: «La realidad me ataca».

Hay un instante en el que se descubre que culpar a los demás no solo es un concepto erróneo sino que es terriblemente desmovilizador

La actitud de la persona que culpa a los demás se materializa en el más atroz de los escapismos y solo en el caso de que se tenga mucha confianza con una persona se dirige la ira abiertamente. Esa persona es el denominado punching de toda la vida. Normalmente es alguien cercano que se convierte mágicamente en el origen de todos los problemas de la persona en cuestión. Da igual que esa persona te haya brindado todo el apoyo en el pasado, que haya hecho cosas por ti y que te haya ayudado a estar a gusto en tu piel. No importa porque es el verdugo. Porque hace falta un culpable y alguien tiene que pagar. Esto se puede traducir a escala macrosocial. Son los enemigos autocreados por un gobierno para mitigar las revueltas internas ya que mientras existe una amenaza externa en la que se proyectan las críticas de los ciudadanos, el estado puede continuar cometiendo los mismos errores una y otra vez. Esa persona, ese estado, no se enfrenta a a la raíz del problema por lo que va quemando puentes con todo su entorno, especialmente con el que le recuerda quién fue. En el caso del estado, la solución no depende del individuo. Cuando los errores son propios, sí. Esa es la gran diferencia. resultado?Puedes estar furioso como un perro rabioso por como salieron las cosas. Puedes insultar, puedes maldecir al destino pero cuando se acerca el final debes resignarte. El resultado, como siempre, depende de la capacidad de reflexión y de autocrítica. Si consigues evaluarte en base a lo que eres puede que desaprendas actitudes y empieces a agradecer más y culpar menos. Te responsabilizarás de tus actos y te importará menos lo que digan o hagan los demás. Cooperarás con otros y serás solidario sin perder nunca tu capacidad de elección. Decidirás y te atendrás a las consecuencias de tus actos. Tu rumbo será el que te dicte tu conciencia, no la tendencia imperante. Serás responsable de ti misma o, lo que es lo mismo, serás libre (al menos en lo que concierne a lo que si que puedes decidir). No te dejarás llevar por la corriente cósmica de la pereza o de la comodidad ya que estarás completamente inmersa en el proyecto más importante que tiene que vivir un ser humano: tu vida. De ahí en adelante, los muros y las barreras socioeconómicas existen pero es buen punto de partida, ¿No crees? Si no, siempre te queda cantar aquello de «put the blame on mame, boy».
¿La inteligencia tanto en mujeres como en hombres es el hecho de saber, conocer y aceptar? Una persona inteligente tiene mayores recursos para enfrentarse a las situaciones y conflictos, se conoce a sí misma y conoce al entorno real al que se enfrenta. En cierto modo, la ignorancia y la inteligencia se parecen en algo: solo se quedan con lo que es necesario para cada cual. ¿La diferencia? Quién ha aprendido y ha comprendido disfruta como un niño conociendo como un sabio. Eso es la inteligencia y por eso es tan complicado vivir desde la inconsciencia a la conciencia. Pero vamos, eso de que estén amargadas o que sufran, no será por inteligencia, más bien por falta de ella.