Érase una vez una sociedad en la que se leían las opiniones propias en las redes sociales sin percatarse de la contradicción de sus propios pensamientos, en la que sus miembros sufrían por una noticia por la mañana para olvidarla a las pocas horas. En esta pintoresca sociedad no importaba demasiado que la información fuera verídica mientras tuviera el suficiente impacto sobre el lector. Porque en esta sociedad ya no existían ciudadan@s sino consumidor@s de entretenimiento. Incluso la información debía ser simplificada y bien deglutida. No fuera a ser que se atragantaran con demasiadas letras, con un exceso de reflexión o, peor aún, con planteamientos de los que los propios ciudadanos debieran extraer sus propias conclusiones.
Érase una vez una sociedad en la que los medios de comunicación digitales empleaban sus segmentaciones para aprovecharse de ese sesgo cognitivo, tan humano, según el que un individuo tiende a aceptar de buen grado las informaciones que provienen de medios acordes a su ideología y rechazar el resto. Así, en esta sociedad no importaba si lo que se leía era cierto o no siempre y cuando no se opusiera a la ideología de cada individuo. Y ni siquiera a la ideología sino al prejuicio de cada individuo. Porque en esta sociedad lo importante ya no era aportar conocimiento que pudiera resultar valioso sino entretener y convencer hasta el punto de que en una conversación en cualquier red social, las argumentaciones carecían de importancia. En esta sociedad ya no interesaba si lo que se leía provenía de fuentes fiables, contrastables, y en el caso de que se dudara tampoco se trataba de buscar la fuente de la que provenía cada una de las informaciones que se lanzaban al cielo con la total seguridad de que nunca iban a existir consecuencias para sus autor@s. Y así esa sociedad se iba atomizando, separando de la posibilidad de ampliar horizontes, de reflexionar. En esta sociedad la doxa había sustituido definitivamente a la episteme y resultaba más ventajoso aportar una opinión que conocimiento. Al fin y al cabo, en esta sociedad a nadie le interesaría aprender, ni conocer, solamente opinar.