«El cine ha muerto. ¡Larga vida a Dune!». Con esta frase lapidaria, en clara referencia al ensayo de Antonio Lara, El cine ha muerto, larga vida a Dune, se iniciaba un interesante artículo de la revista Diario de Frente en el que el periodista Antonio Zarate se hacía eco de un pensamiento compartido entre todas las amantes del cine que hemos seguido desde la infancia a esa fábrica de sueños -y pesadillas-. Porque siempre hay un largometraje que consigue hacerte arder en llamas y, por lo que parece, la nueva generación está nutriéndose de películas y series -en este caso de las últimas- como Euphoria. Y puedo entenderlos. En mi caso fue la película Welcome to the Doll House (Todd Solondz) la que me removió en profundidad cuando, a la edad de once años, me sentí dramáticamente reconocida con el patético rol desempeñado magistralmente por la entonces joven actriz Heather Matarazzo. Desde entonces y hasta la fecha, el cine me ha acompañado tanto como la literatura o la música. Han sido mis pilares fundamentales para sobrellevar esta dramedia denominada existencia. Sin embargo, algo está cambiando. Algo que Zarate define muy bien. Será en sus impresiones en las que me basaré para tratar lo que considero el nuevo cine o la muerte del cine del siglo XX.

Euphoria y Dune, el nuevo cine (¿Sigue siendo cine?)

«Sin embargo, a pesar del hecho de que DUNE está siendo un éxito taquillero, en el contexto postpandemia ¿podemos afirmar que DUNE siguen siendo cine?, en este sentido yo puedo afirmar que sí y a la vez no. DUNE es una película sí, tiene un inicio, un desarrollo y un final, que aunque abierto para una segunda parte, cierra un acto para los personajes y da pie a un futuro desarrollo. Sin embargo, a la vez no es una película, DUNE supera esa barrera y se convierte en una experiencia audiovisual» (A.Zarate, Diario de Frente)».

Para todo cinéfilo que sepa observar más allá de la apariencia -obviamente se ha de contar con una cierta trayectoria en lo que a visionado de películas de todas las épocas se refiere- no resulta difícil advertir que el cine ha dado un giro de ciento ochenta grados. En apenas cinco años, las películas y las series han pasado de componerse de unos rasgos típicos para adaptarse a la creciente industria del streaming. Y es que el poder que las plataformas tienen actualmente en el contenido audiovisual es tan brutal que ha determinado una ruptura con lo que siempre habíamos denominado cine -diferenciándolo de blockbuster-. Acelerado este cambio por la pandemia, Euphoria y Dune son dos de los máximos exponentes del giro radical que ha dado la industria cinematográfica para ofrecernos productos en los que el guión se abandona sino completamente, sí en gran medida, para dar paso a un extenso videoclip que, secuencia tras secuencia, hace gala de una selección de grandes temas musicales conjugados con bandas sonoras originales. Además de esto, la dirección artística ha pasado de considerarse accesoria para según qué películas o series -si Euphoria hubiera sido rodada hace diez años, dudamos que hubiera tenido tanto peso dicho componente- para convertirse en la niña bonita de esta década.

Así como esta tendencia a lo estético y lo formal me agrada en cierta medida he de confesar que soy incapaz de adaptarme a largometrajes de dos horas en las cuales un ochenta por ciento se basa en una sucesión de videoclips interrumpidos por unas pocas palabras -en muchos casos, innecesarias-.

La importancia de mantener la atención la conocen de sobra las plataformas que han encontrado una solución muy elegante para lograrlo y, además, ahorrarse presupuesto en buenos guionistas. A cambio, el amante del cine obtiene obras sumamente atrayentes, al límite entre el cine y el videoclip musical

Y es que si bien es cierto que este nuevo cine está envuelto en fina seda dorada, su interior adolece de una vacuidad intrínseca a esta sociedad de la inmediatez, de esa necesidad de mantener la atención al espectador a través de un cine en el que se emplean imágenes crudas sin profundizar, bellos paisajes a ritmo de grandes canciones que compensan un exceso de planos ideados para sustituir buenos storytelling y, de este modo, ahorrar en presupuesto al mismo tiempo que se mantiene frente a la pantalla, solamente atento en la medida en la que la impresión es más potente. En Dune o Euphoria se constata la importancia del vestuario, de la fluidez de las secuencias que muestran hermosos o grotescos lugares -en cualquier caso, excesivos para que puedan proporcionar al espectador una suerte de porno estético necesario para que la escasa atención permanezca en el culmen-.

La importancia de mantener la atención la conocen de sobra las plataformas que han encontrado una solución muy elegante para lograrlo y, además, ahorrarse presupuesto en buenos guionistas. A cambio, el amante del cine obtiene obras sumamente atrayentes, al límite entre el cine y el videoclip musical, repletas de grandes interpretaciones pero sin una sola pizca de contenido, más allá de aquel que puede resultar superficialmente impactante. Lo justo y necesario para que ningún mensaje penetre en la mente del espectador pero sí tan efectista como para que pueda servir de soporte para el despliegue audiovisual.

El videoclip que se convirtió en película de dos horas y media

Vi, por primera vez, un acercamiento a este cine con Michel Gondry, al que todos conocerán por la tierna película Eternal Sunshine of the Spotless Mind -horriblemente traducida como Olvídate de mí– pero del que yo vi su filmografía completa allá por dos mil tres o dos mil cuatro. En su momento me pareció de lo más rompedor ya que se trataba de un festival de lo audiovisual en el cual empleaba una ingente cantidad de técnicas que convertían a sus películas en puro arte. A un cierto nivel eso es lo mismo que sucede con Dune y Euphoria. Son puro arte desde una perspectiva audiovisual. Euphoria, por ejemplo, es una obra maestra en cuanto a iluminación y banda sonora. Todos los temas absorben emociones de despersonalización, violencia, frustración y tristeza hasta límites insospechados. El inconveniente para esta amante del cine llega cuando es el momento de mostrar lo que hay más allá de esas apariencias barrocas, intensas y extensas. Y en este punto es en el que percibo una brecha generacional a nivel cinematográfico que, aunque no insalvable, sí que va a marcar un antes y un después en la historia del cine. Como espectadora exigente, necesito de historias creíbles, que una serie que se supone que cuenta con una vertiente social, se introduzca hasta el fondo, hasta los cimientos de las realidades que quiere reflejar. En Euphoria esto no sucede. A pesar de que pone sobre la mesa situaciones macabras, agresivas o que pretenden cuestionar la sociedad, son solo eso…situaciones. No existe trama detrás de cada momento, hilvanado con prolongadas sesiones musicales en las que los personajes experimentan intensidades sin explicación alguna.

Cine inmediato para la sociedad de la inmediatez

Nos encontramos ante productos cinematográficos -Euphoria cuenta con la cantidad formal de una película por lo que la incluyo como nuevo cine- que han atesorado absolutamente todos los climax de cientos de películas y después los han unido en un bello collage en el que la B.S.O tiene un papel tan protagonista como lo puede tener en cualquier largometraje de terror -nadie se hubiera asustado ni una octava parte con The Shinning o Psico de no ser por una banda sonora a la que atribuirle una atmósfera adecuada-. La productoras han dado con la gallina de los huevos de oro. Del mismo modo que hacemos scroll como posesas en IG o Tik Tok o que leemos solamente los titulares de las noticias, ahora disponemos de un cine que está indicado para que vayamos solamente a los momentos más intensos de las películas de siempre. Ya no interesa por qué esa joven se droga, cuáles son sus emociones, sus miedos más ocultos, ni la psique que hay detrás. Tampoco la responsabilidad intrínseca de la sociedad, la causalidad sociocultural y socioeconómica, más allá de lo que nos cuenta la psicología de baratillo. Ahora lo que importa es que sintamos la misma intensidad bruta que en los diez minutos finales de Réquiem for a dream…pero tener que pasar por el proceso psicológico que lleva a los personajes a tal desenlace, que es muy cansado y el espectador medio actual se aburriría y terminaría por ir haciendo scroll en la película original quedándose únicamente con «las partes interesantes».

Conclusión: una lanza a favor de Dune y Euphoria

Parto de la base de que cada uno de estos ejemplos resultan muy diferentes entre sí -con un nexo común que es esa estética tan trabajada, la forma hecha núcleo de la acción-. Mientras que Dune conjuga quizás un halo clásico que, incluso, puede parecer aburrido si se compara con lo excesivo de la actualidad, Euphoria cumple solemnemente con este nuevo paradigma de que cuánto más, mejor. Le exhuberancia hedonista, el exceso y la ausencia de tiempo de descanso de esa orgía audiovisual me hacen preguntarme una y otra vez si no estaremos ante la imagen de nuestro propio presente de un modo mucho más intenso que en cualquier otra etapa del Séptimo Arte. El nuevo cine nos conoce ya más que nosotros mismos y sabe que el público pide más intensidad, más exceso…aunque a las generaciones que nos criamos antes de los 2000 nos cueste un poco más seguir ese nivel de paroxismo y nos sintamos más cómodas con producciones como Dune que aún conservan una preferencia por la figura del guionista como epicentro de las producciones, renegando en cierto grado de ese horror vacui que se ha instalado en las plataformas de streaming e incluso en las salas de cine.

No estoy aquí para juzgar el nuevo cine más allá de lo que puedo aportar con mi opinión subjetiva. En cierto modo, el cine lleva siendo un reflejo distorsionado del lugar hacia el que camina la sociedad desde sus inicios. Lo único que temo de esta nueva tendencia es que de esa búsqueda de la intensidad por la intensidad, del clímax por el clímax, llegue un momento en el que estemos tan insensibilizadas que ya no seamos capaces -me incluyo- de disfrutar del placer lento, atento, que crece acompasadamente, que se rompe por momentos, que aburre incluso, pero que contiene un cénit final, fruto de la reflexión de un guión estructurado, que invita a la trascendencia -y que, por cierto, Dune sí que consigue-. Esperemos que el tiempo no me dé la razón.

 

Imagen: Hala Bedi