Pocas cosas cohesionan tanto como tener un enemigo común. Por eso, cuando Guillermo I de Prusia le encargó a Otto von Bismarck la unificación de los estados alemanes, el político miró hacia Francia. París había ido observando con preocupación como los prusianos ganaban peso en el centro de Europa, pero cuando saltaron definitivamente las alarmas fue cuando el príncipe Leopoldo Hohenzollern se postuló para ocupar el trono de España; después de que Isabel II lo hubiera dejado vacante a raíz del golpe de estado progresista de 1868 liderado por el general Prim.