Érase una vez una sociedad de la información plástica. Y en esta sociedad sucedía algo muy curioso; la necesidad de que cualquiera pudiera entenderla. Esta neosociedad de la información trae consigo algunas consecuencias menores (como leer frases de grandes filósofos en Instagram que están completamente descontextualizadas) y otras mayores (una reducción de las inquietudes intelectuales más allá de la superficialidad). De esta manera, si se desea profundizar en un tema actual no parece posible ya que la reflexión no tiene cabida en apenas unas horas o días de vigencia de la importancia de una noticia, de un hallazgo, de una teoría. En nuestra realidad no existe la opción de deglutir la información por lo que para que cause un impacto debe ser atractiva…pero no es necesario que se trate de información relevante.
¿Alguna vez os habéis sentido extraños viendo las noticias, como pensando «total, mañana se olvidarán y otro tema cobrara relevancia»? La siguiente cuestión que no pensamos pero que existe, a fin de cuentas, es ¿Para qué reflexionar acerca de este conflicto, situación o problema si mañana habrá otro diferente y pasado otro?

Características de la información plástica que tanto agrada en las redes sociales

  • Inmediata
  • Superflua
  • Sentimental
  • Unitaria
  • Transitoria
  • Limitada
  • Descontextualizada

Las redes sociales como referente de información plástica y las consecuencias que puede acarrear en los lectores

La web 2.0 se ha encargado de promover la información efímera y transitoria. Sin embargo, las noticias en sí mismas no tienen nada de malo y el hecho de que no se trate de contenidos evergreen no las convierten en menos interesantes -siempre y cuando el lector cuente con el tiempo suficiente como para deglutir dichas notas-. Mantenerse informado nunca fue nada negativo, sino al contrario. Al menos sería si los medios de comunicación cumplieran realmente su función de informar. A estas alturas creo que la mayoría «no nos chupamos el dedo» y sabemos que los medios son, en realidad, un mecanismo de control y sesgo, de control del pensamiento…y las redes sociales solo se han convertido en las flamantes promotoras de la información plástica de la que hablo. Esta información que es tan subjetiva que está legitimada por la opinión, más que por los hechos, se reconoce actualmente como posverdad -curiosamente este artículo lo estoy reciclando en 2021 pero lo escribí en 2013, cuando empecé como profesional de la redacción-.
En nuestra realidad no existe la opción de deglutir la información por lo que para que cause un impacto debe ser atractiva…pero no es necesario que se trate de información relevante.
Y es que en las redes sociales se ofrecen reflexiones «a la carta» a las que nos suscribimos o rechazamos con un clic. Tras esto los algoritmos de nuestras redes sociales favoritas hacen el resto. Segmentan toda esa información, la limitan y la reducen en cuanto a espectro de perspectivas. Sin embargo, no sucede esto con el caudal de información que se incrementa, que está adquiriendo una dimensiones desproporcionados y que, curiosamente, a mayor cantidad de información, menos calidad de la reflexión por parte del lector.
No lo niegues. Tú también hace años que no lees la mayoría de los artículos y noticias que lees…especialmente si su extensión supera las 200 o 300 palabras y no contiene listados, dibujos o cualquier otra simplificación similar
Cuesta recordar ahora, en pleno 2021, que las redes sociales surgieron con un objetivo que actualmente parece ser secundario; conectar a las personas, intercambiar conocimientos, saberes, opiniones. ¿Y ahora qué son? Los centros neurálgicos de la parcialidad en los que abundan comentarios de trolls que tienen más repercusión que las propias noticias, en los cuales se filtra toda información no afín con los valores propios convirtiéndose en una suerte de masturbación ideológica que no se corresponde ni remotamente con la realidad, mucho más amplia (y sí, también más compleja). 
En pleno siglo XXI y con dos crisis, la 2008 y la 2020, a nuestras espaldas hoy en día puede ser trending topic el aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez -o de cualquier otro que es famoso no tanto por las maravillosas novelas que escribió sino por cuatro frases sacadas de contexto-. ¿Y mañana? Mañana será otro porque todo va tan rápido, existe tal frenetismo en esta realidad de posts que desaparecen de la pantalla con un leve movimiento de pulgar que no es posible parar en seco, buscar sus obras, ir a la biblioteca y ampliar esa información privilegiada que hay ahora -y que ojalá hubiéramos tenido allá a finales de los 90 cuando la Encarta era lo más parecido a la Wikipedia que existía y en la biblioteca del barrio tenías suerte si encontrabas el Quijote-. Pero ahora. Ahora eso implica tiempo -y esfuerzo-. ¿Y para qué realizar esfuerzos si se puede leer una sinopsis para poder mantener la conversación de rigor?
Me quedé anonadada cuando, teniendo una conversación con mi sobrino de 11 años, descubrí que me hablaba de películas, libros y cómics como si los hubiera leído y en realidad solo conocía la sinopsis o la reseña que algún youtuber había realizado. En ese momento pensé; «vamos a ver, ahora hay muuucha gente compartiendo conocimiento -entre ellos los booktubers-. ¿En serio en vez de servir para que mi sobrino lea, lo que consiguen es justamente que le baste con conocer la versión abreviada de la realidad?»
Los catadores de ideas han muerto o como diría el Dalai Lama «bebían la comida» han muerto. Ellos bebían los pensamientos porque habían entendido. Porque el conocimiento sin reflexión es el equivalente a tener todo el poder del universo en tus manos y no saber qué hacer con él.