-¿Estamos llegando ya?- se las arregló al fin Alicia para preguntar. -¿Llegando ya?- repitió la Reina-. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás hace más de diez minutos! ¡Más rápido!- y continuaron corriendo durante algún rato más, en silencio y a tal velocidad que el aire le silbaba a Alicia en los oídos y parecía querer arrancarle todos los pelos de la cabeza, o así al menos le pareció a Alicia. -¡Ahora, ahora! -gritó la Reina-. ¡Más rápido, más rápido! Y fueron tan rápido que al final parecía como si estuviesen deslizándose por los aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; hasta que de pronto, cuando Alicia ya creía que no iba a poder más, pararon y se encontró sentada en el suelo, mareada y casi sin poder respirar. La Reina la apoyó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente: -Ahora puedes descansar un poco. Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa. -Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes! -¡Pues claro que sí! -convino la Reina-. Y ¿cómo si no? -Bueno, lo que es en mi país -aclaró Alicia, jadeando aún bastante – cuando se corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte… -¡Un país bastante lento! -replicó la Reina- Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. “Alicia a través del espejo” Lewis Carroll

El ser humano es demasiado lento para el ser humano

 Es inevitable hallar paralelismos entre el universo de Alicia y nuestros días. En el mundo virtual en el que vivimos no valen nada ni el aprendizaje, ni la información de un segundo para otro. Hay millones de personas interconectadas que opinan, que generan nueva información y desechan la anterior en cuestión de segundos. La sensación individual – y sospecho que también global – es de frenética búsqueda, de frenetismo vivencial. De nada vale aprender porque alguien siempre lo sabe antes. De nada vale buscar una identidad porque millones de personas ya la han «compartido» en Twitter. El nihilismo del que tanto hacían gala existencialistas de otro tiempo ni se asoma a esta realidad en la que nada sirve de nada por mucho tiempo. Lo que hoy es novedad, mañana será añejo.
Es natural en este universo escribir una primicia primiciosa una mañana y que,  esa misma tarde, todos los esfuerzos se hayan convertido en un vano reflejo de lo que se informó. Por supuesto, esto es extensible a cualquier ámbito y en cualquier situación. Como si de una corriente mística se tratara, la sociedad navega sobre un inestable tablón en unos rápidos que  solo conducen a la cascada final, sin que nunca cambie nada, a pesar de que cambie todo. Esta paradoja me hace preguntarme (al estilo de «Makes me wonder») si no deberé frenar cuanto antes y pararme a oler las flores antes de que la profecía del romántico Robert Herrick: («tomad las rosas mientras podáis»)se cumpla.

«Algo tiene que cambiar para que todo siga igual» (-Lampedusa)