Los recuerdos habitan en el estómago

Alex Bayorti

Se hunden en las tripas y hacen palanca. Y ya no los encuentro nunca más. Pero sé que están ahí. Como las cucas que se sabe que se ocultan en las cañerías de mi casa. Esperan a que me vaya a dormir para montar el tenderete.

Algunos recuerdos dejan rastro. Como las cucas. Otra vez. Cadáveres de bichitos en mi hígado y sé que han estado ahí, pero respiro aliviada porque ya se han marchado. No creo que vuelvan.

Los hay caníbales. Son recuerdos que se comen otros recuerdos. Suelen ser los más mezquinos. No se conforman con suplantar al recuerdo anterior. Destruyen cada una de las neuronas en las que se habían acomodado. Exilian a mis recuerdos anteriores y ahora solo quedan ellos. Egoístas de ellos. Malos. Malísimos recuerdos.

Los recuerdos en el exilio, no obstante, a veces regresan. Lo hacen en una mañana cualquiera en la que huele a Navidad. O a verano. O a las tardes de playa de cuando era niña. Se esconden en los bizcochos que saben a los de mi difunta abuela, en esos dèja vu que evocan un pasado mucho mejor que el que realmente viví —porque ya no hay un viento desapacible. Ni se me derrama el café sobre la camiseta. Ni tampoco huele a guano o hace frío o calor. Son recuerdos asépticos. Perfectos. Muertos—.

Pero hay unos. Unos en concreto. He conocido a unos recuerdos que habitan en el estómago. Solo en el estómago. Me despiertan de madrugada. Se quejan. Reclaman. Son recuerdos-motor. Recuerdos-bisagra. Recuerdos-desatascador. Esos que me susurran cada noche, en la hora del lobo, en las noches más oscuras: «Con esto no basta».

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