Corría el año 2011 cuando el algoritmo colibrí de Google lo cambió todo para siempre. Hasta ese momento, el arcaico SEO de la época se basaba en repetir hasta la saciedad una serie de palabras clave. Hasta ese momento la figura del redactor era aquella que siempre habíamos idealizado los amantes de la escritura: trabajo creativo y…bien pagado. Recuerdo como empecé a trabajar redactando artículos para una web que no existe actualmente llamada utilidad.com a través de una plataforma alemana, Independent Publishing. Las normas de publicación eran muy estrictas y, de la nada, aprendí más de SEO aplicado a los contenidos en esa web que con el mejor de los cursos de escritura creativa o de periodismo en la red que ya había cursado un año atrás. El contenido de 400 palabras se cobraba a 2,10€ la pieza. Ahora lo pienso y era una miseria pero, por aquel entonces, no me imaginaba nada mejor que poder trabajar escribiendo. ¡Era un sueño (al menos lo fue durante los primeros 2-3 años)! Tanto trabajé que llegué a ganar 400€ al mes solamente elaborando textos de ese tipo. Para mí, teletrabajar haciendo algo que me gustaba implicaba abandonar los empleos precarios de la época como camarera, teleoperadora o comercial a los que la crisis de 2008, mi formación en Trabajo Social (nido de paradas si no haces oposiciones) y la falta de empleo en Santiago de Compostela, me habían condenado. Al fin y al cabo en uno de estos empleos tenía que trabajar 8 horas de lunes a viernes -en el mejor de los casos-, sumando desplazamientos y a unos 3€/ hora netos. No había demasiada diferencia en un principio y, además, podría trabajar en casa.

De la noche a la mañana, empecé a envalentonarme y me postulé a varias vacantes de redactor freelance. Así fue como empecé a escribir para La Mente es Maravillosa a 4€ la pieza sin una extensión concreta pero no inferior a 400 palabras y para una agencia de marketing digital de la que no añadiré el nombre y por la que redactaba a 0,80€ por cada 100 palabras. Ahora pienso la cantidad de plusvalía que la redacción generó en aquellas empresas y no puedo dejar de sentir rabia por haber cedido mi tiempo por tan poco dinero pero, ¿Qué queréis que os diga? La psicología positiva y la era de la motivación me atraparon -como a todas las que no estábamos conformes con el sistema laboral- y la promesa de un trabajo reconocido que fueramás allá del salario monetario -ahora lo llaman salario emocional pero yo ya caí en la trampa hace más de una década- hicieron que no solo que me mantuviera con estos clientes sino que estuviera encantada.

Seis meses después llegó mi gran oportunidad para hacerme autónoma -si, oportunidad. Hace diez años ser autónomo no estaba tan mal visto como ahora-. Era agosto de dos mil doce y apareció el que durante dos años sería mi principal cliente: Reservalis -ahora, billetesdetren.com. Ya trabajaba con la agencia de marketing anónima escribiendo postblogs para Travel2b y Travelgenio así que no me resultó difícil empezar a crear contenidos web con esta empresa. A 3,20€ la pieza de 400 palabras, redactaba aproximadamente unos 10 artículos diarios. Llegué a escribir 10.000 palabras en un solo día -quién escriba sabrá a qué nivel de salvajada me refiero-. Tanto fue así que durante 2 años cobré unos 1600€ brutos con apenas cuatro clientes -incluyendo a este-. No estaba mal y redactando tan rápido como lo hacía, menos aún. Sin embargo, la emoción duró poco. Despuntaba el mes de enero de 2014 y con él los dolores a causa del túnel carpiano y molestias en la espalda por pasar unas diez horas diarias escribiendo -además del burn out fruto de tener que convertirme en una especie de robot de la creatividad, lo cual es una contradicción en sí misma-. Por aquel entonces vivía en Budapest. Fue en ese momento en el que llegué a un punto de inflexión: o bien, cobraba más y me seguía formando académicamente para tender hacia un perfil menos precario, o bien, no podría mantener ese nivel. En empleos para grandes corporaciones como 11811, Telefónica cobraba 1,5€ por palabra. Me resulta gracioso que, por aquel entonces, me pareciera que estaba bien pagado aunque supongo que, en comparación con lo anterior, suponía un avance.

Como anécdota simpática, recuerdo que mis padres no entendían a que me dedicaba. Era algo así como que un gen Z le explique a sus progenitores que ganaba dinero o conseguía productos poniendo fotos con morritos en internet.

Tuve la suerte de ver venir el futuro que le esperaba a la redacción freelance ya que empezaba a saturarse el mercado con la participación de redactores de otros países hispanos que ofrecían sus servicios aún por menos de lo que yo cobraba. En ese momento comencé a formarme como marketer digital, SEO y diseño web tanto mediante formación reglada como del emergente e-learning -no olvidemos que era 2015. El e-learning estaba en pañales. Aún más la enseñanza gratuita-. A medida que conseguía otro tipo de trabajos mejor pagados como community manager y técnico en marketing digital, también subiría las tarifas a 0,02€ y hasta 0,06€ por palabra en función de la cantidad y tema con lo que ello supondría en un futuro. Mientras que algunos clientes que había mantenido durante años, se apearon, otros llegaron para quedarse. Fue el caso del gabinete psicológico Psicoadapta o la galería de arte online Artelista. También tendría buenas experiencias con descubrir.com o Inbound Cycle.

No fue hasta 2019 que abandoné la redacción, salvo aquellos proyectos que estaban bien pagados y que me interesaban, que eran pocos. Por aquel entonces trabajé por cuenta ajena como asistente de marketing digital en una empresa de Santa Cruz de Tenerife pero terminé por volver a ser autónoma ya que descubrí que la precariedad ya había alcanzado al sector del marketing digital y, definitivamente, para ser mileurista, prefería serlo trabajando desde mi casa y tener la posibilidad de superar esta barrera económica tan de mi generación. A estas alturas ya había dejado la redacción atrás para siempre. Nunca me arrepentiré de haber empezado por aquel entonces ya que me empoderó enormemente y fue un primer paso que me abrió un nuevo universo, una alternativa al empleo por cuenta ajena. Sin embargo, esto no pretende ser un artículo de buenas intenciones sino más bien una crítica a un mundo desconocido del que apenas hablan los redactores freelance -me apuesto que por vergüenza- y que se encuadra dentro de los trabajos creativos que, en la práctica, tiene más de explotación que de creatividad. Yo, afortunada de mí, he podido continuar en el entorno digital -puede que porque veía venir que eso de la redacción web era cosa de diez años como máximo…y no me equivocaba- pero no son pocas las profesionales que tratan de sobrevivir en un empleo que fue precario desde sus mismísimas raíces pero que, actualmente, ni siquiera permite sobrevivir a la mayoría de periodistas senior. Y es que cada vez parece que a las empresas se les tienen que recordar más que CREATIVOS SÍ PERO NADIE VIVE DE GRATIS.