Y llegamos hasta Pekín en el Transmongoliano. ¡Lo hicimos! El día 1 de Septiembre de 2019 a las ocho de la tarde aterrizábamos en el Aeropuerto Internacional de Pekín-Capital. Aún no sabíamos que íbamos a pasar más tiempo en ese titán de terminal de lo que esperábamos en un primer momento tanto por los trámites para entrar en la ciudad con la exención de visado como porque la vuelta desde Pekín a Barcelona iba a ser algo accidentada. En aquel primer crepúsculo, Beijing se nos antojaba amable, repleta de luces estroboscópicas, de anuncios futuristas de Led que nos acompañaban desde el otro lado de las ventanillas del flamante metro que va desde el aeropuerto hasta el centro de la urbe. Llegamos a las diez de la noche. Estábamos muy cerca del hotel. Empezaba una nueva aventura en clave de 普通话.

Bitácora de una visita a Pekín en el transmongoliano

Día 0. Llegada a Pekín

Tomamos el metro que separa la terminal de avión internacional del centro de la ciudad de Pekín en el Transmongoliano. Antes de eso tuvimos que hacer los trámites de la exención que están bastante bien detallados y de los que ya hablaré en profundidad en la Guía del Transmongoliano 2020. Por ahora, solo decir que el precio de este metro era de apenas 3€ y que el trayecto hasta el núcleo urbano era de unos 50 minutos.

Cuando llegamos a la estación Beijing West sabíamos que estábamos relativamente cerca del hotel porque habíamos descargado el mapa de Pekín en el Transmongoliano en Google Maps (aunque mucho no se entendía porque estaba en chino, obviamente). Sin embargo, nos daba algo de reparo ir por el centro de una macrociudad a lo loco y el metro que sí que conectaba directamente con nuestro alojamiento estaba cerrado. Si, estaba cerrado a las 11 de la noche.

Cuando salimos, cometimos el primer error que fue dejarnos estafar por un taxista que nos pedía 60€ y con el que regateé, dejándolo en 30€ (que seguía siendo un sablazo). Lo aceptamos resignados ya que ni siquiera habíamos descargado el traductor de Google chino-inglés. En China nadie habla inglés. Tiene sentido en un país que es tan chovinista como el estado español. ¿No?

Nos despedimos amablemente del taxista después de 10 minutos de trayecto (si, fuimos unos pringados pero era de noche, sin apenas batería en los móviles, sin traductor y sin tener ni idea de leer un mapa en chino). Llegamos al hotel a eso de las doce de la noche y, durante un rato, dudamos de si habíamos reservado en él. La recepcionista no sabía inglés y al vez la habitación (que estaba muy bien para los escasos 20€/noche que nos había costado a solo 30 minutos a pie de la Ciudad Prohibida), descubrimos que el truco para encontrar alojamiento barato en China es que el personal no hable inglés. En Rusia nos había pasado algo parecido así que estábamos acostumbrados. Estáis avisados. Si en vuestro hotel en el transmongoliano os hablan en inglés es probable que paguéis el impuesto guiri. En cierto modo, me parece justo. Como he dicho, la habitación estaba bastante bien aunque su ubicación nos había parecido un poco turbia al llegar; en una de las muchas callejuelas que ramifican las avenidas principales. Nos acostumbramos en muy poco tiempo ya que fue una de las maneras más auténticas que tuvimos de conocer como eran los ciudadanos de Beijing fuera del entorno turístico. También iríamos a la primera tasca a tomar unas cervezas. Nuestras noches en Beijing fueron bastante interesantes. Conocimos a un expatriado yanqui y a una ciudadana de Hong Kong así que las jornadas de cañas nos sirvieron para algo. Incluso tuvimos la posibilidad de ver Jurassic World en la televisión en chino y censurada pero esa es otra historia. Esa noche nos dimos una ducha que necesitábamos con urgencia y fuimos a dormir. Había sido un día muy largo.

Día 1. Prospección en Pekín a pie

Cuando se llega a un lugar nuevo, el primer día se madruga. A pesar de que nos habíamos acostado tarde probando las diferentes cervezas chinas (probamos en torno a una decena durante nuestra estancia), nos levantamos ridículamente temprano. Nuestra idea era hacer una prospección para medir las distancias a pie y saber si íbamos a tener que tomar metros o si íbamos a poder desplazarnos como a nosotros nos gusta; paso a paso.

Nos dirigimos, primero, hacia la Ciudad Prohibida para saber más acerca de las entradas y cuanto tiempo era necesario para la visita. No somos muy amantes de visitar todos los puntos calientes de una ciudad sino que preferimos hacer una prospección de 1 o 2 días andando y después dedicarnos a ver solamente lo que nos apetece. Los dos únicos lugares que no podíamos obviar eran la Ciudad Prohibida y la Gran Muralla. Acertamos en un 50% pero de eso ya hablaré más adelante.

Empezamos por recorrer las calles de la ciudad desde el barrio de Dongshenzhen hasta la Ciudad Prohibida y la Plaza Tiananmen. Quizás algo que nos encantó de Pekín en el Transmongoliano (he de reconocer que a ninguno de vosotros nos impresionó mucho) fue el hecho de poder recorrer calles solamente transitadas por los habitantes de la ciudad, con esas callejuelas que daban a casas, a comercios y restaurantes para echarse algo a la boca rápidamente. Comimos en uno de ellos esa misma mañana uno de los platos de fideos con carne más ricos que he probado en mi vida.

Después de almorzar paseamos en torno a la Ciudad Prohibida y pasamos las horas de más calor en el Jingshan Park (más de 30ºC y una contaminación tal que los edificios parecían estar envueltos en bruma). Por un módico precio de 1€ que no decepcionó pudimos conocer esta colina artificial sobre la que se pueden contemplar las mejores vistas de la Ciudad Prohibida o del Templo del Cielo. Decidimos que este último quedaría para otra visita a la ciudad ya que no nos pareció que mereciera la pena si íbamos a pasar tan poco tiempo en Pekín en el Transmongoliano. Lo cierto es que ambos preferimos dar largos paseos por las ciudades e impregnarnos del ritmo de cada una de ellas. Ya lo habíamos hecho en nuestra visita a Ulán Bator y merecía más la pena que ir deprisa y corriendo para tachar una lista de monumentos qué ver.

Por la tarde regresamos caminando descubriendo las rarezas de Beijing. Una de las que más nos llamó la atención es que los restaurantes de más nivel tienen sillas de plástico fuera del local y ceniceros para fumar. No hay terrazas al uso en la urbe pero con la llegada de la ley contra el tabaco, los restaurantes de etiqueta ponían estos espacios (y los de “menor etiqueta” simplemente colocaban unos ceniceros y unos taburetes). En esta ciudad, el impacto de la Ley Antitabaco está siendo muy grande ya que tanto en Beijing como en el resto de China nos encontramos con el lugar del mundo en el que más fumadores hay.

Otro detalle que nos llamó la atención fueron los atardeceres. Realmente son atardeceres rojos. Pero no por casualidad. Es por la capa de contaminación que desvirtúa la tonalidad del sol dotándolo de un tono siniestramente bello.

Esa noche recuerdo que cenamos en un restaurante de comida rápida y nos quedamos absolutamente anonadados por dos cosas; la primera es que constatamos que la zona en la que nos encontrábamos no era zona de guiris por lo que todos se nos quedaban mirando. La segunda fue ver que en un restaurante del que esperábamos muy poco nos ofreció pasta fresca recién hecha. Eso sí, dotado de la poca eficiencia que descubrimos que tienen (no sabemos si en todo China porque este es un macropaís) en toda la ciudad. Cinco hombres haciendo pasta fresca durante unos 50 minutos. ¿Qué tengo que decir al respecto? Mereció la pena.

Día 2.Ruta por los parques de la ciudad

Cuando se viaja y no se quiere gastar una barbaridad (un viaje de esta envergadura implica un coste por sí mismo). Ante esto hay diferentes tipos de viajeros; están los que se quitan de comer lo que quieren, los que recortan de tomar unas cervezas o un café cuando les apetece hacer una parada, los que optan por visitar únicamente lo que merece la pena y los que optan por recortar en alojamiento. Pero luego estamos nosotros. No, no es broma. Quisimos disfrutar de todo en su justa medida; tener un alojamiento aceptable (habitación privada en todos los hoteles y hostels aunque éramos flexibles con el tema del baño compartido), desayunar y comer fuera (la cena preferíamos hacerla en el hotel), irnos de cañas siempre que quisiéramos y no limitarnos a la hora de entrar en monumentos y museos que realmente quisiéramos conocer. Suena bonito, ¿Verdad? Pero de algo habrá que recortar. Básicamente recortamos en las cenas (durante el viaje en tren compramos en los kioskos de las estaciones y en el resto de lugares, en los puestos locales), en el transporte (recorríamos las ciudades y poblaciones a pie), en las compras superfluas (nada de souvenirs ni compras compulsivas) y en las visitas que realmente no nos apetecía hacer pero que se supone que son visitas obligadas. Nosotros nos pasamos todo esto por el arco del triunfo.

Así fue como el segundo día completo en la ciudad de Pekín en el Transmongoliano lo pasamos visitando tres de los parques más famosos de la ciudad. Es algo que siempre me dio curiosidad ya que, como aficionada a los dibujos animados chinos y japoneses, sé de buena tinta que la vida en los parques de las ciudades del país tenía que ser muy activa. Pues el hecho de conocer el Parque Beihai, el Parque Ritan y el Parque botánico. No creo que olvidemos nunca ese paseo por el parque Beihai, entre pagodas y personas sentadas meditando, otros haciendo Taichi o deportes diversos y todo ello con la banda sonora que un músico aficionado estaba practicando con su Genka. Era como uno de esos momentos en los que se disocia la realidad y ves toda la escena desde fuera de ti, como si cada una de esas personas y lugares formaran parte de una gran obra de teatro que estuviera teniendo lugar en ese momento solamente para tu disfrute.

Después de pasar todo el día andando y de parar en algún que otro bar para comer unos dumplings y beber una cerveza en un bar en el que había unos treinta camareros de los cuales veintiocho dormían, uno atendía y otro jugaba con el móvil (a saber cuánto cobrarían y cuántas horas estarían obligados a trabajar), decidimos volver al hotel. Eran prácticamente las 12 de la noche así que estábamos bastante cansados. Aún así pasamos unos minutos viendo el Teatro Chino por televisión antes de caer rendidos. Barajamos seriamente la posibilidad de ir a verlo pero no encontramos la manera de hacerlo por nuestra cuenta online sin terminar recurriendo a un pack turístico con cena. Otra vez sería.

Día 3.La Ciudad Prohibida y pato laqueado

Pues no sé qué contar acerca de la Ciudad Prohibida; que los jardines muy bonitos y las fachadas de los monumentos ídem. Digo esto porque prácticamente todos los museos estaban cerrados. Aún así no deja de ser impresionante. Una verdadera ciudad que requiere de, al menos, 3 o 4 horas para vivirla al máximo. En este caso llevamos un par de sandwiches hechos porque en el interior …bueno, ya se sabe la relación calidad-precio de los restaurantes de lugares tan turísticos como este. La entrada costaba 9 euros y la merecen aunque nos quedamos con muchas ganas de ver los museos mayores. Solamente estaban abiertas las exposiciones de joyería, jade y la armería. Esta última sí que resultó impresionante ya que había una muestra de guerreros de Terracota. ¡Los primeros guerreros de Terracota que he visto en mi vida (espero que no los últimos)! A nosotros nos llevó unas cuatro horas. Escogimos el horario de media mañana para poder ir con calma. Había gente pero se podía caminar sin problema. No nos dejó fascinados en ningún momento pero la relación entre lo que se va a visitar y el precio hacen que merezca la pena.

A la salida tratamos de visitar (infructuosamente) la Plaza de Tiananmen debido a que había un control policial por un aviso de atentado. Decidimos dar la vuelta porque, al fin y al cabo, era una plaza y para sacarnos una foto en una plaza después de dos horas de cola debería tener…no sé, un OVNI o algo así. Cuestión de sentido común.

Sin darnos cuenta se nos estaba yendo la tarde. Al día siguiente habíamos programado un tour a las tumbas Ming y a la Gran Muralla (salía bastante más barato y nos cuadraba muy bien el drop off para ir al aeropuerto ya que nuestro vuelo despegaba en la madrugada del día 6) así que queríamos descansar ya que iba a ser un día duro con noche en el aeropuerto incluida.

Decidimos cenar el pato laqueado porque a mí me hacía una ilusión especial que os explicaré; desde los 20 años ha sido mi plato favorito en los restaurantes chinos aunque el pato siempre estaba seco. Por fin lo probaría in situ. No decepcionó en absoluto. Lo tomamos en un restaurante en el que solamente había comensales del lugar. Eso sí, la cantidad no era demasiada. Si nunca lo has probado antes ni sabes cómo se come, puede que sea mejor que vayas a un restaurante más turístico para qué te expliquen el procedimiento. En nuestro caso ya lo conocíamos así que no tuvimos problema.

Finalmente esa noche salimos y conocimos al yanqui y a la chica de Hong Kong. ¿El resultado? Llegamos al hotel a las cuatro de la mañana y al día siguiente nos recogían a las 8 de la mañana. Un clásico.

Día 4.Tour por las tumbas Ming y la Gran Muralla y noche infernal en el aeropuerto de Pekín en el transmongoliano

A eso de las 7 de la mañana estábamos preparados. Nos despertamos con bastante energía a pesar de haber dormido poco. Habíamos contratado el tour en una de las muchas agencias online que los ofertan. No voy a compartirlo porque hay un montón y este era uno más. El precio de estos tours es de unos 29€ por persona en grupos de hasta 12 personas, tour de día entero, visita a las tumbas Ming, a la Gran Muralla, a una fábrica de jade y otra de té. Quién hizo la ley, hizo la trampa y obviamente lo que buscan estos tours es que compres en la fábrica de jade (te dejaban una media hora en una fábrica en la que realmente lo único que había era una tienda de joyas de este material y poco más), compres tes a precio de oro (hicimos un ritual del te que está muy bien si nunca has probado te) y pagues la entrada del teleférico a la Gran Muralla (es obligatoria a un precio de 17€ subida y bajada). Eso sí, incluye la comida…china de restaurante chino en España.

Dicho así suena como que no nos gustó pero mereció la pena porque, yendo por nuestra cuenta a Mutianyu, el precio no iba a ser muy diferente así que aceptamos la situación porque ya íbamos preparados. Solamente te explico a lo que enfrentas con estos tours, quizás porque como yo nunca antes habías hecho ninguno.

Lo cierto es que la Gran Muralla no decepcionó en absoluto. Nos quedamos con ganas de subir a pie desde abajo pero solamente nos dieron 2 horas para recorrerla. En el caso de las tumbas Ming, fuimos demasiado rápido y la guía tampoco nos explicó mucho (bendito Google que, por cierto, teníamos gracias a que contratamos un VPN para tener conexión en Beijing).

El tour terminó al atardecer y la guía se portó fenomenal ya que nos acompañó hasta la estación de metro más cercana que conectaba con el aeropuerto. Llegamos muy temprano. Demasiado. Lo descubrimos cuando fuimos a facturar y pasar el control y no pudimos. A diferencia de otros aeropuertos en los que si que puedes “hacer noche” cuando tu vuelo sale pronto, en este caso Ural Airlines no abría hasta las 4 de la mañana ya que nuestro vuelo salía a las 6. ¿El resultado? Teníamos que pasar la noche en la terminal. No tendría que haber ningún problema…de no ser porque estaban haciendo unas oportunas obras que impedían dormir a todo aquel que tuviera tímpanos. Nos resignamos y nos pusimos a ver series.

A eso de la 1 de la mañana, pasó un control de policía solicitando la documentación…salvo a nosotros dos (los únicos extranjeros que estábamos en la hilera de asientos). Una sensación extraña que tuvimos durante todo el viaje era que daba la sensación de que los ciudadanos de Beijing estaban bajo vigilancia a cada minuto. En ocasiones daba la sensación de que estaban solamente figurando. De repente, entrábamos en un bar o restaurante y los camareros se alteraban y empezaban a limpiar cosas. Nunca había visto antes un comportamiento igual. En esta ocasión, incluso nos emparanoiamos con que el sonido de obras que no paraba de atronar era una grabación. Muy raro todo.

La escena era lo más desolador que te puedas imaginar; cientos de zombis caminando de un lado a otro, con cafés para llevar de tres euros en la mano, mirando el móvil obsesivamente, tratando de permanecer despiertos. El purgatorio. He dormido en muchos aeropuertos. Pero he dormido. De verdad. Esta vez dormir no era una opción porque el maldito ruido ese que parecía una excavadora iba cambiando de intensidad. Ora paraba, ora retomaba con más vehemencia. Era como esa técnica de tortura en la que te despiertan con un sonido estridente cada vez que te estás quedando dormido, como las mioclonias que te provocaban sobresaltos nada más caer en el sueño profundo y te despertaban sobresaltada, muerta de terror. Nosotros sobrellevamos la noche como pudimos. Yo me terminé un libro, mi compañero escribió poesía y ambos vimos media temporada de Good Omens.

Después de una espera que se nos hizo interminable (no olvides que no habíamos dormido más que 3 horas la noche anterior y que habíamos hecho un tour) por fin llegaron las cuatro de la mañana y con ellas nuestra primera posibilidad real de dormir un poco antes del vuelo que se había retrasado hasta las 7. Era tan solo media hora más. O eso creíamos porque acabó por llega en torno a las 10 de la mañana y estuvimos a punto de perder el transbordo en Ekaterimburgo a Barcelona. Incluso al llegar a la ciudad de Gaudí, todavía nos quedarían dos horas y media hasta Tenerife. Nos consolamos al saber que habíamos visto un impresionante amanecer rojo, cortesía de la contaminación de Beijing.