Relato «Fundido a negro sin epílogo» de Álex Bayorti

Alex Bayorti

Yo era la presa.

Fue así como llegó. En la víspera de mi cumpleaños durante el verano más cálido. 

A la mañana siguiente la llamé pequeña maravilla y, sin contrato ni acuerdo, bautizamos al 5 de julio como si nunca antes hubiera existido. Siempre en el mismo lugar. Mi habitación. Siempre con el mismo guión. Sexo y confidencias. 

Me contó que ella vivía en modo supervivencia, que yo era un amor contingente, que nunca sería un amor necesario. Me presentó a su sombra y me habló de una estancia circular repleta de puertas deseando ser abiertas. Y que ella nunca abriría. Le quería contar que no elegir también era una elección.  

Luego follábamos como si no nos quisiéramos.

Me contó acerca de noches etílicas que nunca terminaban como habían empezado, mientras yo trataba de encontrar algo de aquel escabroso autorretrato en la mirada de la chica unicornio. Solo lograba verla a ella. Dulce y perdida. Desde la lejanía, dulce. En las distancias cortas, perdida. Participaba en todas las mentiras que se pensaba que yo me creía. Asentía, bebía y ella tomaba el doble.

Luego nos mirábamos en silencio.

En esa habitación mía de luz crepuscular me aprendí de memoria sus lunares para poder conciliar el sueño en las prolongadas ausencias.  

Luego la noche eterna hasta su regreso.

Pero a medida que el tiempo envejecía,  su brillo parecía extinguirse. Como la luz de la lámpara que yo encendía para poder observar su cuerpo desnudo. Y de los cuarenta de ella a mis veintisiete, cuando la conocí, algo había cambiado. 

Luego el desastre. 

Un día, jugando con mi pelo, descubrió una cana escarbando con sus dedos. Me miró entonces como se había observado a sí misma tantas veces frente al espejo del salón. Con juicio y desprecio.

Luego le pedí que se quedará. 

Me miró sorprendida y me dijo dulcemente, como solo ella sabía hacerlo:»Cariño, si no me conoces».

Fue así como se marchó quince años después. En el invierno más frío. 

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