Relato «La risa de Hans Vals» por Álex Bayorti

Alex Bayorti

—Tú no me intentes engañar. Que yo pillo antes a un mentiroso que a un cojo. Sorda me he quedado ya de tanto escuchar mentiras —decía mi abuela medio en broma, medio en serio cada vez que yo le aseguraba que estaba donde quería: estar en el pueblo- anda, anda, anda, ¡babiona! Traéme la menta poleo

Luego añadía un “hija, si es que yo lo digo por ti, que ya han pasado muchos años, que seguro que puedes hacer algo, que para ti esto no es. Búscate algo de eso del arte”, y continuaba con una extensa retahíla de las mentiras que había escuchado en su vida.

Del arte. Así llamaba ella a lo que me había salvado la vida ya casi treinta años atrás. Esa excusa para trabajar en silencio, en esas inmensas salas que yo recorría en solitario al caer el sol. Incluso las ocultas se abrían ante mí. Una ladrona de momentos.

Tenía razón. Yo lo sabía. Ella lo sabía. Y nadie más. Porque aquí solo éramos ella y yo. Y ella ya no sabía por cuanto tiempo seguiría siendo así. Pero a veces parecía que sus “el cuerpo me pide tierra” querían ya ir en serio con sus casi noventa años.

Se tomó su poleo como quién se bebe el Santo Grial y luego se fue a dormir. Yo, como cada noche, me quedé ahí sentada en la mesa de la cocina con mi insolente café que, a mi edad, solo podía significar que no pegaría ojo hasta las cinco de la mañana. Era mi acto de rebeldía ante la década que llevaba en el paro. En esa casa. En esa vida.

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