Relato «Se llamaba a Ulises» de Álex Bayorti

Alex Bayorti

Mi gato se llamaba Ulises. En los veranos caniculares de La Viuda se tendía bostezando sobre los
callaos de la playa. Abría su boca de pescado una y otra vez. Inhala. Exhala. Dale que te pego con
esos bostezos contagiosos, sinceros. Y maullaba. Cuánto maullaba. Qué bien lo hacía.

Yo miraba desde el porche de nuestra casa blanca. Y Jonay también miraba. Nos sonreíamos. Luego
a Ulises, también, como en una eternidad embotellada al por mayor. Veinte años tenían esos dos que
se parecían, pero que no éramos nosotros. Al menos no los nosotros de ahora.

Todo cambió cuando el tiempo se hizo viejo de repente. Ulises murió. Los veranos siguieron,
caniculares, en La Viuda, pero ya sin él. Solo estaban aquellos dos que cada vez se parecían más a
nosotros ahora, en aquel porche silencioso, cándido y lúgubre.

Esperábamos a la despedida del día para entrar en un solitario lienzo pintado a cuatro manos a
través de las décadas, ese colmado de cuadros y libros, de vinilos y fotografías antiguas, de jóvenes
familiares, pero desconocidos. Recuerdos todos ellos en un sepia envejecido adrede, un feliz pasado
que se agolpaba en un pretérito imperfecto. Y Ulises entre ambos. Siempre entre ambos.

También el condenado espejo. Su reflejo no tenía nada de país de las maravillas. Tampoco yo de
Alicia. Si alguna vez había sido una Alicia, desde luego, aquel tiempo ya había pasado.
Reconocí en varias ocasiones a Baby Jane en ese vestido veraniego azul que me negaba a
abandonar, como había abandonado a Ulises. La flacidez cómplice, los mohínes antaño seductores
de mis labios que se habían quedado inmortalizados en el rostro mortal. Aquella tarde en la playa
cuando no me eché al agua a buscarlo.

Me acerqué a los dos féretros gemelos. En el contiguo, un alma muerta roncaba. Se revolvía. Un
fantasma de ojos de guapo viejo cerrados al que miraba y no reconocía a menos que rebuscase entre
las páginas más polvorientas. En los pliegues de sus patas de gallo.

Esta vez no siguió el ritual de cada muerte del día. No me quité la dentadura postiza. No me
desmaquillé. Tampoco me desvestí, ni me aflojé el corsé. No. Aquella noche solo me recosté junto a
Jonay, en nuestro mausoleo, solemne y elegante, a la espera de que llegase la mañana ácida y
primordial en la que volviera a engañarme repitiéndome que aún era joven.

Que mi hijo no se
llamaba Ulises.

Que mi hijo Ulises no estaba muerto.

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