Esta es la historia de un viaje hacia uno de esos lugares que no se pueden describir. La verdad es que no soy muy buena describiendo lo que me interesa así que, simplemente, diré que llegar a Nordkapp se convirtió en el peregrinaje que nunca antes había vivido. Junto a mi compañero y  nuestra fiel furgoneta, una Peugeut Jumper, descubrimos lo más maravilloso y lo más azaroso de viajar en Camper, Y, en realidad, aprendimos lo que era tener una idea descabellada e ir hacia el precipicio sin miramientos. ¡Bienvenidas a mi viaje a Cabo Norte, Noruega!

Ruta en furgoneta de España a Cabo Norte etapa a etapa

Etapa 0. Noche en Bayonne (día 1)

No era la primera vez que dormíamos en la ciudad limítrofe de la Gascuña por lo que no necesitábamos volver a visitar Bayonne. Esta vez fue solo dormir. Después de 700 kilómetros desde Santiago de Compostela en pleno Agosto, nos interesaba encontrar un lugar tranquilo. Lo encontramos cerca del estadio de rugby, uno de los rincones más tranquilos de la ciudad. Dónde dormimos: En el estadio de Rugby de entrenamiento de rugby a las afueras de la ciudad. En la aplicación park4night de búsqueda de áreas para autocaravanas estaba indicado*.

Etapa 1.Blaye o una pequeña contingencia (días 2-4

El castillo de Blaye en Burdeos

El castillo de Blaye en Burdeos

Nuestra Jumper aguantó 2 horas en un atasco al sur de Francia, en la zona de Burdeos, hasta que se encendió el chivato que indicaba que algo en el motor no iba bien. Estábamos en plena autopista por lo que lo único que pudimos hacer fue coger la primera salida. Estábamos en el estuario de Burdeos. La furgoneta no nos dejó tirados pero iba muy lenta así que decidimos parar en el primer pueblo que encontramos, que resultó que era uno muy turístico en el que había una ciudadela.
Blaye nos dio la bienvenida un sábado por la tarde, cuando los talleres están cerrados así que aparcamos en un parking gratuito frente al estuario, frente a la entrada a la ciudadela, y nos resignamos a esperar, como mínimo hasta el lunes. Las noticias de la aseguradora no fueron mejores. Nos indicaron que era puente en Francia así que nos tocaba esperar hasta el martes por la mañana en el aparcamiento (no queríamos mover demasiado la furgoneta por si nos dejaba tirados).
¿Lo positivo? Ese aparcamiento, además de gratuito, cuenta con agua corriente, está al lado de la entrada de ferrys y de la ciudad, y hay baños públicos por lo que no íbamos a estar del todo mal. Nuestra solución fue echar unas cuantas partidas al ajedrez, hecho que ahora recordamos con mucho cariño porque, durante tres días, nos convertimos en Kasparov y Karpov, a nuestra manera.
Al día siguiente pasamos el día en la ciudadela. Lo interesante era que, además de ver una clásica ciudadela del siglo XVII, descubrimos que había infinidad de conciertos durante esos días así que nos apuntamos a unos cuantos. Nos quedamos con ganas de cruzar el estuario de la Gironda pero no nos importó. Lo mejor de esta parada obligatoria fue que pudimos conocer la vida de las gentes de Blaye. De hecho, el aparcamiento en el que estábamos se convertía en una pista improvisada para jugar a la petanca durante el mediodía. Era habitual ver a gente comiendo en el aparcamiento, sacando las mesas y todo, así que nosotros nos sentíamos, prácticamente, como en un camping. No tuvimos ningún tipo de problema. En todo caso, miradas de curiosidad. Fue una situación muy pintoresca.

Etapa 2. El día de los 1000 kilómetros (Día 5)

El martes a las 8  de la mañana estábamos en el concesionario de Peugeut de Blaye. Nos hicimos entender como pudimos porque, aunque hablamos inglés, los responsables del taller no. Yo sabía un poco de francés del instituto y con eso me sirvió. El mecánico nos dijo que en una hora estaba arreglado el problema. Les dimos las gracias y nos fuimos al centro comercial que estaba a un kilómetro de Blaye. Eran las 8,30h así que poco más iba a estar abierto. Tomamos un café, visiblemente agobiados por el tema de la hora.
A eso de las 10 y media de la mañana estábamos en ruta y, todo hay que decirlo, con unas ganas de carretera que no eran normales. De ahí el encabezado de esta etapa ya que fuimos desde el sur de Francia ( a unos 200 kilómetros de nuestra primera etapa en Bayonne) hasta el sur de Alemania. Concretamente nos quedamos en una estación de servicio entre Dortmund y Colonia. Aún recuerdo el paso de Francia a Bélgica por un motivo; la autovía de Bélgica está completamente iluminada por farolas. De hecho,  recomiendo esta autovía si viajas de noche.También advertimos que, desde el momento en el que pasas Francia, no hay ninguna autopista de pago.  Nota: Viajar desde el sur al norte de Francia por autopista tiene un coste de unos 100€. Así es nada.

Etapa 3. La isla de Fehrman (Día 6)

Isla de Fehrman en el norte de Alemania

 

 

 

 

 

Isla de Fehrman en el norte de Alemania

Después de una paliza tan grande el día anterior, necesitábamos un descanso así que no avanzamos demasiado el sexto día. Además llevábamos un día entero sin ver nada para compensar todo el tiempo varados en Blaye. Hicimos 400 kilómetros desde el centro de Alemania donde quedamos la noche anterior hasta la Isla Fehrman. Podíamos haber llegado hasta Copenhague en ferry ese mismo día pero la Isla Fehrman era un tesoro demasiado jugoso como para abandonarla sin pararnos a explorar. Esta isla que está conectada por un puente con el resto de Alemania era un verdadero paraíso y, en pleno Agosto, era una parada imprescindible para todo alemán que quisiera tranquilidad y playa (Báltica, claro).

Recorrimos en coche gran parte de la isla y descubrimos la ciudad, que era algo así como el pueblo al que le gustaría ir a vivir a Ned Flanders (si, el de Los Simpson). Compramos salchichas – como no – y algo más para cenar en la furgoneta y tomamos una cerveza alemana en un bar – eso de que los precios son caros por estos lares no lo tengo muy claro en vista de la mayoría de experiencias. Digamos que son equivalentes a tomar una cerveza en Barcelona o Bilbao -. Todos fueron muy amables con nosotros por lo que se derribaron muchos tabúes con respecto al tema. De hecho, me encantó estar rodeada de «arios» que nos trataban como no nos tratarían en muchos bares de Santiago.
Dormimos en un aparcamiento de pago en la capital aunque nos salió gratis porque hasta las 10 de la mañana era gratuito. 

Etapa 4. Ferry a Copenhague y más (Día 7) Cruzamos Suecia a 300 km de Malmo

Los canales de Copenhague

Los canales de Copenhague

El ferry salía a las 14,15 horas por lo que tuvimos tiempo de pasear por la ciudad (bueno, pueblo). A eso de la 1 fuimos a sacar los billetes. No fue difícil. La chica nos atendió muy cordialmente y todos esos trámites los pagábamos con tarjeta. 

El precio fue de unos 100€ (luego descubriríamos que era más caro de lo normal) por la furgoneta y nosotros. El ferry llegaría a Copenhague en 1 hora aproximadamente.

Yo ya estaba enamorada de Copenhague antes de conocerla por todo lo que me habían contado quienes habían vivido un tiempo en la capital danesa.

No decepcionó en absoluto. Aunque nuestra estancia en la ciudad fue muy corta ya que apenas pudimos pasar un día completo en ella, nos juramos que volveríamos.

Nos encantó el barrio de Christiania y el puerto de la ciudad, repleto de antiguas fábricas reconvertidas en galerías, restaurantes y museos. También nos emocionamos con el parque que había que atravesar para ver La Sirenita, la pequeña escultura que es insignia de la ciudad y que merece menos la pena que cualquier otro rincón de Copenhague.

Aunque esta ciudad tiene fama de cara, no es para tanto, al menos en lo que a comida y bebida se refiere. Comimos unos noodles (6€ por plato y bebida) en un restaurante y tomamos un par de cervezas (2€ por cerveza) y los precios eran los de cualquier capital europea. La conclusión a la que llegamos antes de conducir rumbo a Estocolmo fue que Copenhague es una ciudad perfecta para vivir, mucho más que para visitar. Por algo pasamos la mayor parte del día dando paseos en parques y en espacios verdes. copenhague dinamarca puerto viaje a Cabo Norte Es como si el verano empujara a los daneses a salir a la calle, a aprovecharse de esos pocos meses cálidos. Ya había conocido esa actitud en los húngaros cuando viví en Budapest.

Etapa 6. Estocolmo – Islas Aaland (Día 8)

Iglesia en las Islas Aaland entre Finlandia y Noruega

Iglesia en las Islas Aaland entre Finlandia y Noruega

A eso de las nueve de la noche de ese mismo día entramos en Suecia. Sabíamos que nos quedaríamos a unos 400 kilómetros de Estocolmo pero daba igual. Ya habíamos comprobado que es mejor recorrer 200 kilómetros por la noche y hacer el resto del tirón que encarar 600 kilómetros «a las bravas». Pasamos el puente de Oresund, famoso porque separa los países sueco y danés, con una noche envidiable. Nada más llegar al otro extremo del puente nos esperaba el control de aduanas de Suecia. Si te soy sincera, no recuerdo si tuvimos que pagar por el puente (si, es común en los países nórdicos pagar por pasar un puente, también en algunas localidades francesas como Le Havre) pero supongo que sería gratis o no sería mucho. Nos esperábamos lo peor. Los suecos son bastante secos (no, son muy secos) y pensábamos que nos pondrían problemas. Lo cierto es que al guardia de aduanas le hizo gracia que dos treintañeros del sur fueran a subir en una Jumper medio desconchada hasta Cabo Norte así que nos saludó amablemente al saber que éramos de tan lejos y nos dejó pasar sin mayores problemas. El sur de Suecia no era un paraíso de las áreas de servicio como Bélgica o Francia pero por lo menos la carretera estaba bien y viajar por ella de noche no parecía un árbol de Navidad como en Alemania. ¡Qué sufrimiento de lucecitas cerca de Colonia! Recuerdo que me tocaba conducir a mí y que «me vine arriba» así que conduje hasta eso de las 2 de la mañana. Adelantamos mucho más de lo previsto, de hecho. Nos quedamos en un área de descanso de camiones (hay un montón de esas áreas que forman un semicírculo en la cuneta de la carretera) aunque en Suecia suelen tener baños casi todas así que, sin ser Alemania, tampoco están nada mal. Esto de los baños nos encantó y durante todo el viaje agradecimos a Europa que tuviera la deferencia de tener en cuenta las vejigas de los viajeros que no íbamos en autocaravana.

Etapa 7.Ferry Aaland

A la mañana siguiente, despertamos sobre las 8 para seguir nuestro camino hasta Estocolmo. Debido a la avería que nos retrasó cinco días en Blaye (Bourdeaux, Francia) teníamos que pasar por alto la capital sueca. Una pena porque según nos dijeron era una de las más bonitas de los países nórdicos. A mi no me dio demasiada lástima porque ya me había quedado sin poder ver Gotemburgo, que era un desvío que íbamos a tomar en un principio y que no había sido posible por la dichosa avería. ¡Malditos inyectores! Por todo esto fuimos directos al ferry que cruzaba el sur del Golfo de Botnia hasta las Islas Aaland en dónde pasaríamos una noche. Hasta las 11 de la mañana fuimos por carretera muy confiados y tranquilos pero a medida que pasaba el tiempo y no llegábamos a Estocolmo, nos agobiamos. Fue una de las situaciones más estresantes del viaje porque no podíamos perder ni un día (bueno, esto era lo que pensábamos nosotros). Llegamos a Estocolmo tarde. Quizás a la 1. La ciudad era un completo caos para conducir porque estaba en obras. En general, Suecia no es un país muy interesante para conducir. Los suecos conducen mejor que en la península, por supuesto, pero después de Dinamarca y DE ALEMANIA en dónde la conducción era como un ballet completamente coreografiado, Suecia se nos antojaba a nivel de conducción como Francia; todo lleno de rotondas. Finalmente, conseguimos salir de Estocolmo después de dar unas cuantas vueltas que nos retrasaron y agobiaron sobremanera. El puerto de Kappelskär es de dónde teníamos que partir para llegar hasta Mariehamn, capital de las Islas Aaland. Salía a eso de las 14,30 horas y ya teníamos ganas, muchas ganas de subir otro ferry (tenemos una obsesión extraña con los barcos). Llegábamos bastante justos pero no hubo problema. El billete nos costó unos 40€ para los dos. Era un chiste. 3 horas y 50 minutos de travesía y apenas valía nada mientras que los 30 minutos que separaban la Isla de Fehrmann y Copenhague eran 100€. En fin. Por si fuera poco, el ferry era una pasada. En serio. Hemos ido también en el que separa Huelva de Santa Cruz de Tenerife que tiene una travesía de 38 horas de duración y sus servicios no tienen nada que ver con estos ferrys. Había diferentes ambientes; desde conciertos (hubo uno de folk muy bueno que vimos nosotros) hasta jornadas de bingo además de animación.También descubrimos que los suecos suelen coger esos ferrys porque para ellos las bebidas alcohólicas están muy baratas y además hay varios productos en duty free, como es común en los ferrys. Para ellos, pagar 4€ por una pinta era económico. Nosotros tomamos un par y ya nos llegaron. Mereció la pena el ferry. Las Islas Aaland nos dejaron ensimismados. Eran cientos de pequeñas islas e islotes que se disponían a lo largo del recorrido como si se tratara de un montón de lunares en el firmamento. Llegamos a Marienhamn a la hora de comer y teníamos que ir a comprar algo. Por cierto que en las Islas Aaland hablan sueco, principalmente, a pesar de ser unas islas de Finlandia. Entienden perfectamente el idioma inglés así que no hay problema en hablar en la lengua anglosajona. La capital de las islas es un pueblo de apenas diez mil habitantes del que poco hay que ver aparte de su propio entorno ya que las localidades nórdicas son cucas todas ellas (en serio, no encuentro ningún calificativo mejor para definir estas poblaciones tan coquetas. Son así, cucas). ¿Que qué ver en Marienhamn? Poca cosa. Hay un museo del velero que no fuimos a ver (nos gustan los veleros pero, vamos, no tanto), la iglesia de Jorge de Capadocia y el puerto. La realidad es que lo que más llama la atención de la isla no está en su capital, sino en su entorno. Así que ahí fuimos, por esas carreteras de asfalto rojo (si, en serio, asfalto rojo) descubriendo cada rincón, cada lago y ría. Era un paraíso en la tierra y nuevamente sentimos que ese lugar no es para visitarlo. Es para vivir en él. Nos sorprendió una iglesia que no estaba en las guías de la oficina de turismo de la capital. Se trataba de Sunds Kirka. Nunca habíamos visto una iglesia así. Nos parecía más un templo pagano que una iglesia cristiana.

Etapa 8. De Islas Aaland a Turku (10)

Turku en Finlandia

Turku en Finlandia

Después de inspeccionar la zona volvimos a la capital de la isla para estar cerca ya que el ferry de Marienhamn a Turku saldría sobre las 12 del mediodía. Esa noche dormimos en un parking de pago que había en la localidad. Nos costó unos 3 o 4€. A la mañana siguiente estábamos con fuerzas (y ganas) de otro ferry. Además este tardaba casi 5 horas en atravesar cientos de pequeñas islas por lo que iba a ser emocionante. Lo fue, de hecho. En el ferry compramos tabaco y cervezas. Estaban bastante baratas para ser Finlandia. Durante el trayecto también hubo concierto y muchos suecos y finlandeses borrachos. Muchísimos. Gente de la edad de nuestros padres con unas cogorzas de lujo. Así, a gusto. Por cierto que el ferry de Marienhamn a Turku cuesta también unos 40-50€ con la furgoneta incluida y nosotros dos. Así no me extraña.

Etapa 9. Turku, camping, avería (si, otra vez) y Helsinki en Onnibus (11-15)

Helsinki Finlandia

Helsinki Finlandia

Llegamos a Turku a las 5 de la tarde, es decir, al atardecer (en Finlandia). Dimos un paseo por el río aunque no nos esmeramos en ver nada en concreto. Queríamos pasear sin más por la ciudad. Ya tendríamos tiempo. En la ribera había un montón de gente joven sentada en los bancos tomando cervezas. Muy formales ellos, incluso para «emponzoñarse» así que decidimos ser un par de lugareños más, sacamos unas cuantas cervezas de la furgo y ahí estuvimos viendo el atardecer mientras bebíamos y hablábamos. Eso sí, algo preocupados porque el chivato del motor que se había encendido cuando se averió la furgoneta en Blaye, había hecho amago de encenderse cuando aparcamos. No pensábamos dormir en el aparcamiento del puerto de Truku (aparcamos justo en frente de los típicos barcos recreativos que hacen minicruceros por la ciudad) pero en Europa no está tan mal visto como en España que te quedes durmiendo en una Camper en plena ciudad así que, finalmente, nos entró pereza y ahí dormimos.

El camping Ruissalo

Despertamos con ganas de churrasco. Muchas ganas. Ganas de comer churrasco hasta que nuestras arterias colapsaran así que, a lo loco, nos pusimos a buscar un camping cerca. Lo encontramos a unos 20 kilómetros de la ciudad. El camping Ruissalo. Por cierto que corría fresco por Turku y por las inmediaciones. Una lástima porque dicho camping se encontraba al lado de la playa. El camping nos encantó. Todo tan verde. Aparcamos en cualquier parte después de que Tomi empleara su perfecto acento finlandés para comunicarse (era gracioso porque su acento es nativo y, sin embargo, su vocabulario no es muy amplio así que los finlandeses se le quedaban mirando con cara de:»pareces uno de nosotros pero tu vocabulario es…raro»). En fin, anécdotas. En el fondo, teníamos ganas de camping y además había churrasqueros…aunque estuvieron copados por sendas familias extensas iraníes que no los abandonaron en las 24 horas que estuvimos. Entendimos muchas cosas acerca del choque cultural ya que mientras que estas familias eran más de 10-15 personas, los propios finlandeses apenas eran 2-4 y llegaban, se hacían su chuletada y se marchaban. Debe ser duro para unos y para otros ver esas diferencias culturales. Nosotros no somos nórdicos y nos pareció una falta absoluta de respeto hacia los demás el hecho de acaparar todo el espacio (limitado) reservado para las comidas durante unas 10 o 12 horas. Estuvieron desde la hora de la comida hasta la de la cena y nosotros terminamos por hacer el churrasco a la sartén. Reflexiones aparte, fue una bonita estancia hasta que al día siguiente fuimos a arrancar y se nos quedó la furgo tirada en mitad del camping. Si, después de 5 días varados en Blaye y 70 euros que nos cobraron (lo cierto es que nos pareció demasiado barato) volvió a reventar y esta vez ni siquiera arrancaba. Se había averiado del todo. Llamamos al seguro para que nos mandara una grúa y en apenas 15 minutos estaba ahí. Un hombre muy majete que tenía tanta idea de inglés como yo de finlandés. Tomi y yo lo pensamos muchas veces a lo largo del viaje. Si no llega a ser porque él manejaba el idioma nativo hubiera sido una odisea todo el asunto de la avería. El susodicho hombre nos llevó hasta el taller, que estaba a las afueras de Turku, y ahí diagnosticaron rápidamente que un inyector estaba tupido y que otro había que cambiarlo. Nos dijeron que tardarían unos tres días en repararlo. Tres días. Tomi se desesperó y con razón. ¿Dónde vamos a dormir? Huelga decir que el alojamiento en Turku es poco económico. Una noche en un hotel «barato» cuesta unos 70€ por noche. El caso es que eso de leer las pólizas de seguros y, bueno, todo es mi especialidad y cuando hay un viaje de miles de kilómetros de por medio, me empleo a fondo así que había leído que cuando tienes una avería de este tipo tienes dos posibilidades; que remolquen tu coche hasta el país de origen (que obviamente, no) o que te paguen un hotel en la ciudad más cercana durante un periodo máximo de 10 días. Cuando dejamos la furgoneta (quedó en un taller en el polígono industrial de Turku) fuimos a un centro comercial cercano  y llamamos al seguro. Bueno, llamó el pobre Tomi. Después de media hora al teléfono le dijeron que teníamos el hotel reservado en el Hotel Cumulum de Turku. Es una cadena de hoteles situados en el centro de las ciudades de categoría media. La verdad es que estaba bastante bien, con su sauna y desayuno buffet incluido. ¿El problema? Pasamos todos los días llamando al puñetero seguro porque hubo mil problemas en las reservas hasta que al tercer día nos dijeron en el taller que deberíamos estar cuatro días más, hasta el viernes. Si, pasamos una semanita en Turku.  Viéndolo con perspectiva estuvo bastante bien y, de hecho, nos salió redondo. Durante nuestra estancia en Turku vimos toda la ciudad (no me apetece hablar acerca de lo que vimos, ahora con buscar «que ver Turku» en google te aparece más información de la que yo te voy a poder dar) y fuimos un día a Helsinki ya que, en el caso de que pudiéramos llegar a Cabo Norte, no nos daría tiempo a visitar Tampere ni la capital finlandesa. Es curioso que siempre se tengan tan mal vistos los países nórdicos en lo que a precios se refiere. Es cierto que comer por ahí es un 40% más caro y que comprar en un supermercado es un 20% más caro pero el transporte público está bastante bien. De hecho, encontramos una compañía de autobuses low cost «Onnibus» que recorría prácticamente todo el país. El precio de autobús desde Turku a Helsinki era de 12€ ida y vuelta. Los servicios incluyen WiFi decente así que durante las casi 2 horas de trayecto estuvimos bastante ocupados entre ver el paisaje, leer y consultar los e-mails. Tampoco hablaré mucho acerca de Helsinki. Lo único que puede destacar es que si tenéis la posibilidad visitéis la biblioteca nacional que se encuentra a pocos metros de la Catedral.

Etapa 10. Numea – Mikkeli (15)

Bueno, si hay siguiente etapa es porque conseguimos salir de Turku. Finalmente la avería eran inyectores y un cable picado que nos costaron 500€. Pero lo conseguimos. El viernes a las 14 horas estábamos saliendo de Turku. Aunque nos pasaron muchas más cosas como las llamadas interminables al seguro o una falsa reparación que nos dejó parados a 50 metros del taller la realidad es que terminamos por salir y lo que suele ocurrir cuando se vence una adversidad es que se cuenta con una capacidad ilimitada para recordar solo lo bueno. Ese día teníamos que ir hasta el pueblo natal de la madre de Tomi en dónde vive su abuela, la pequeña localidad de Lieksa. Esta población localizada en la zona centro este de Finlandia no tiene mucho que ver (¿Para qué engañarnos?) pero me gustó el carácter de la gente. La visita duró apenas un par de horas y ya seguíamos en ruta. ¿Por qué tanta prisa? Pues básicamente porque teníamos alquilado el único alojamiento previsto en nuestro viaje; un mökki o el secreto mejor guardado de los finlandeses. ¿Te imaginas una casita de madera con su sauna y chimenea, al lado de un lago con su embarcadero, en mitad de un bosque? Vale, eso es un mökki. Esa misma tarde debíamos estar en Iisalmi para coger las llaves y pasar un par de días en el paraíso. Después de una semana de estrés, nos apetecía el plan hasta un punto insoportable.

Etapa 11. Mikeli- Iisalmi y el mökki (16)

Nuestro mökki durante la estancia en Iisalmi Finlandia

Nuestro mökki durante la estancia en Iisalmi Finlandia

Atravesamos lagos durante todo el trayecto. Por algo en Finlandia hay 188.000 lagos o lo que es lo mismo, 1 kilómetro cuadrado de lago por habitante. Iisalmi está muy cerca de la Laponia y el idioma finlandés pasa a ser sami, un dialecto que es alegre y cantarín. Así eran nuestros caseros; un señor y una señora que vivían en una casa de madera y que tenían dos mökki para alquilar. Un fin de semana nos salía por 120€ con todo incluido y si llegamos a estar una semana serían 200€. Nada caro, vaya.

Tomi ya había estado en uno de estos mökki, pero yo no, así que cuando vi esa maravilla con su embarcadero propio y absolutamente solitario, fue como estar en ese sueño de la infancia.Durante dos días nos íbamos a dedicar a pescar, hacer churrasco, leer, tener largas conversaciones y disfrutar de la naturaleza. Después de todas las averías, ¡Lo necesitábamos!

Etapa 12.De camino a Rovaniemi

Abandonamos nuestro querido mökki puntualmente, a eso de las doce del mediodía. Decidimos que algún día volveríamos y que no sería de visita. Vivir en Finlandia será una gran aventura, algún día. Pero como esta vez nuestro destino era Cabo Norte, ahí estábamos, de camino hacia el Círculo Polar Ártico y directos al pueblo de Papá Noel. Después de un par de horas por carretera (las carreteras finlandesas son muy buenas hasta Laponia, después son simplemente vías nacionales), aparcamos para pasar la noche. Incluso ese aparcamiento tenía su encanto, frente a un lago del que empezaba a surgir la niebla y con baños en los que se podían tirar las aguas grises y negras (si, hago mucho hincapié en el tema baños en nuestros viajes pero es que todos los furgoneteros saben cuáles son las tres obsesiones de cada viaje: dónde tirar las aguas grises y negras, dónde hay baños y dónde comprar comida).

Etapa 13.Rovaniemi – Humedal – Área Laponia (19)

Despertamos a eso de las diez de la mañana. Al fin y al cabo, estábamos de vacaciones, ¿Verdad? Apenas faltaban unos veinte minutos para llegar a Rovaniemi. Ese día iba a ser intenso ya que pretendíamos llegar hasta el norte de Laponia. La población de Rovaniemi tiene muy poco que ver así que nos fue fácil pasarlo de largo no sin antes parar en un centro comercial para comprar ahumadores de pescado en frío y en caliente.

Después fuimos a la ciudad de Papá Noel. Puesto que era el mes de Septiembre no había nieve y no nos encontramos la imagen idílica con los farolillos navideños y todas las construcciones repletas de nieve. Aún así mereció la pena por dos razones; la primera porque llegamos a ese límite entre el resto de Europa y el mítico Círculo Polar Ártico. ¡Estábamos en tierra de Auroras Boreales! La segunda porque habíamos encontrado numerosas referencias de un pequeño iglú restaurante llamado Santa’s Salmon Place. Era todo lo que necesitábamos; una carta que se limita al salmón «al espeto» y cerveza variada. El lugar era tan pintoresco como deliciosa su comida y apenas tenía un precio de unos 15€ por persona (barato si tenemos en cuenta donde estábamos). Comimos temprano. Después dimos un paseo por la zona y tras explorarlo todo sin descubrir nada de interés decidimos continuar. Sabíamos que no llegaríamos hasta la isla Mageroya ese día pero queríamos ir lo más hacia el norte posible para no tener que recorrer más de 200 o 300 kilómetros antes de llegar a Nordkapp. Y aquí llega uno de los grandes descubrimientos del viaje y de esas sorpresas espontáneas que tanto adoro de los viajes en furgoneta. Recorrímos unos cuantos kilómetros más y de repente los lagos empezaron a desaparecer, el paisaje cambió radicalmente y nos encontramos en un otoño a punto de terminar. Durante unas tres horas el paisaje apenas cambió y nos sentíamos prácticamente en Marte. Si un planeta lejano había formado parte de los sueños de nuestra niñez, era Laponia.

Y Laponia nos brindó la oportunidad de conocer los humedales de Karhunkierros, región en la que se conoce la ruta del oso. No pensábamos parar pero, en serio, cuando ves por primera vez unos humedales, entiendes unas cuantas películas de la década de los 80’s. La fascinación por estos terrenos es equivalente a la inquietud de que uno de los senderos realizados con troncos ceda y termines en esa combinación de pantano y marisma. Lo cierto es que terminamos por hacer una pequeña ruta de unos 2 kilómetros de ida a través de los humedales. Fue una experiencia que difícilmente se nos olvidará y que nos llevó a la siguiente elección; quedarnos a dormir en uno de los aparcamientos de la zona. Queríamos llegar hasta alguna localidad de Laponia pero, ¿Qué demonios? No todos los días se puede ver el atardecer frente a un humedal en el extremo norte de la tierra.

Etapa 14. Nordkapp

¡Por fin llegamos a Nordkapp! Nos tocó pagar los míticos 60 euros (por dos días en la zona de acampada) que son 55€ si solo nos quedáramos un día. Por fin estábamos sobre esos inmensos acantilados y pudimos acercanos a la mítica escultura de la bola del mundo. Lo que no sabíamos era que había todo un negocio montado en torno a Nordkapp. En lo que estuvimos en el cabo, llegaron decenas de autobuses de turistas. El centro de Interpretación estaba montado para explotar al máximo el lugar aunque hay que reconocer que tenía todos los servicios; baños, duchas, WiFi de bastante calidad, restaurantes, bares e incluso espectáculos. Contaba con un par de museos, varias esculturas tanto fuera como dentro del centro de visitantes y sesiones 3D explicativas. Para estar entretenido un día, está perfecto aunque no te recomiendo comer en ninguno de los establecimientos. Recuerdo con más cariño esa Estrella Galicia que nos tomamos nada más llegar, el paseo posterior a lo largo de los impresionantes acantilados y, sobre todo, el eterno crepúsculo de la primera noche. No llegamos a ver atardecer. ¡Y eran las 2 de la mañana el 1 de Septiembre! No puedo ni imaginar como debe ser viajar a finales de Junio a Mageroya … pero si hay algo que ambos nos prometimos fue que volveríamos. Y así lo haremos.

Etapa 15. Olffjiord -illa mageroya

El regreso de Nordkapp es otra historia que contaré en un artículo del viaje de regreso de Nordkapp a Galicia aunque ha sido suficiente, ¿Verdad? Si estás pensando en hacer este viaje y quieres información, estaré encantada de dártela. ¡Es una experiencia inolvidable!