Qué vergüenza ajena me dio la foto de la ministra de Turismo Reyes Maroto sujetando la imagen de la navaja que recibió por correo. Le contaría lo que me soltó mi jefe hace muchos años cuando le enseñé mi primer anónimo cuajado de insultos y augurios intimidantes: «Tíralo a la papelera, te entra en el sueldo». Pero no me atrevo por el qué dirán las redes sociales. Es más épico mostrar un arma ensangrentada que resucitar la agónica industria turística nacional, y concita mayor empatía revelar que arriesga su vida por nuestro sol y playa que esgrimir una de sus nóminas. Como soy una ciudadana respetuosa con la ley, solo le deseo que su partido gane las elecciones para que se vaya a jugar a la liga autonómica. La amenaza llevaba remitente. Había sido enviada por una persona con una enfermedad mental, pero no molestemos con pequeños detalles. Vivimos tiempos de una escandalosa sobreactuación política. Dirigentes como Pérez Rubalcaba o Joan Mesquida nunca exhibieron las balas a su nombre porque los enemigos sanguinarios que tenían por los cargos que ocupaban no precisaban una nutritiva atención extra. Un Marlaska cuestionado por tierra, mar y aire, una directora de la guardia civil que se va del cuartel al mitin, y un exvicepresidente Iglesias en egocampaña sí lo han hecho y cabe preguntarse por qué se ha roto una directriz bastante básica en materia de seguridad, para generar efecto llamada y además entorpecer la investigación. Nuestros próceres necesitan escenificar a diario el peligro que afrontan al descender del coche oficial.El uso del fascismo como muletilla contribuye a suavizar el concepto. Lo que era fascismo hace unas horas (la navaja de Maroto), ya no lo es ahora (la acción de un enfermo de esquizofrenia). Si todo es fascismo, nada es fascismo y si todos son fascistas, quién puede detectar a quien lo es en realidad. ¿Quién está alimentando el fascismo, pero de verdad? Los candidatos a presidir la comunidad de Madrid abandonaron un debate con una ultraderechista apática que expresó las previsibles estupideces fachas, pero antes habían accedido sin problema a sentarse con ella. ¿Pensaban que diría algo distinto, que se saldría del guión? Esa misma persona lleva años apoltronada en las instituciones democráticas que desprecia, defendiendo un ideario racista, misógino y patriotero que queda anotado en actas públicas. Su partido gobierna regiones muy pobladas del Estado porque ha conseguido los votos y las alianzas para ello. Ese partido, que no pierde el tiempo con constructos ideológicos profundos porque solo necesita lemas facilones que atraigan a los descontentos, recibió un gran balón de oxígeno de algunos de los que escenificaron la espantada del debate. Imposible olvidar que en las elecciones nacionales de abril de 2019 los ultraderechistas obtuvieron 24 diputados y en las de noviembre de ese año, celebradas por la incapacidad del resto de formaciones de hacer política con altura de miras, sumaron 52. Más del doble de altavoces, sueldos, votos y presupuesto a cargo del contribuyente. Más poder. Los gestos grandilocuentes, aspavientos y tuits dramáticos llegan con retraso y no sirven. Lo que podría valer ahora es hacer algo distinto, para obtener resultados diferentes. Algo como decirle al elector que se apoyará a quien gane, para que no necesite recurrir a los fascistas.