Denominaba teoría de los anillos a eso que otros llamaban destino cuando apenas tenía dieciocho años porque me reconfortaba a pesar de que no supiera explicar la razón por la cual existían esas «coincidencias» que nos conducían a vivir de una determinada manera, a reunirnos con personas que ni imaginaríamos o a vivir situaciones que ni hubiéramos experimentado en nuestros más bizarros sueños o pesadillas. La teoría de las anillas es la manera anillada en la que los seres humanos se unen y separan. Millones de anillas girando suspendidas en el cosmos, entrelazándose y deshaciéndose, chocando entre sí y fundiéndose, a ritmos variables.
De ritmos iba esta teoría ya que la evolución personal era la velocidad y dirección de cada anilla. Por ello, en vez de unirse o separarse en una sola dirección – atraer o repeler -, la teoría de las anillas explicaba como unas experiencias nos calaban hondo, como terminaban las relaciones – y como empezaban – o porque algunas cosas simplemente «no podían ser». Una de las cosas que más me importaba explicar con esta hipótesis era la necesidad humana de hablar de destino cuando no sabía como explicar la cadena de acontecimientos, imposibles de medir por el ser humano actual, que nos llevan inevitablemente a un resultado concreto.

Aunque duela, aunque cueste, aunque la anilla parezca seguir una trayectoria determinada y tenga un sentido incierto, la dirección siempre la marcamos nosotros mismos

A esos acontecimientos tangibles pero inconcebibles por el ser humano, los llamamos destino del mismo modo que los físicos llaman «agujero negro» a algo que desconocen – por lo visto ya no existen agujeros negros según Hawking, está por determinar -. El hecho es que los misterios en cuanto a la determinación de lo que sucederá con el buscador no tienen respuesta pero si que existe la lucha contra la repetición de los comportamientos que le llevan a revivir patrones una y otra vez. Aunque duela, aunque cueste, aunque la anilla parezca seguir una trayectoria determinada y tenga un sentido incierto, la dirección siempre la marcamos nosotros mismos.