Desde que el turismo se convirtiera en un fenómeno de masas global, a mitad del siglo XX, las posturas políticas y académicas al respecto se han tendido a polarizar en dos grandes bloques. Por un lado, apoyándose en la teoría de la modernización, ha habido quienes han pensado que el turismo era una especie de “pasaporte para el desarrollo”, que permitía a los lugares que se convertían en destinos turísticos importantes, como Canarias, acercarse al progreso y la modernidad que se identificaba con los países de los que provenían los turistas, como Alemania. Por otro lado, desde posturas más críticas, el turismo ha sido visto como una nueva forma de colonialismo, y bajo la idea de que “al final el dinero se va fuera” se entendía que tan sólo contribuía a profundizar en la dependencia económica y la desigualdad social. Ésta es la opinión que, en términos generales, más peso ha tenido en la opinión pública canaria, de manera que a menudo muchos de nuestros males se achacan a una excesiva dependencia del turismo. Así, el que pese a que las Islas hayan sido en los últimos treinta años una de las Comunidades más dinámicas de España sigamos estando a la cola en salarios, poder adquisitivo y, en términos generales, en desigualdad social, se ha considerado producto del desarrollo turístico. La idea implícita vendría a ser que el turismo genera un desarrollo económico fuertemente polarizado, con unos pocos que ganan mucho y unos muchos que ganan poco.