Vivir en modo supervivencia
Sin pretensiones, sin ganas de agradar -¡vaya novedad!- me recuerdo plegándome a cientos de miles de visiones, de perspectivas, de expectativas. Y me río de esa yo a la que le gustaba vivir en modo supervivencia. Me río tan fuerte que se cae la pintura de las paredes, el gotelé de los 90s de casa de mis padres, los cimientos de mi casa en Candelaria tiemblan, rebuznan. Tal es la carcajada.
Ellas saben que todo era mentira. Que ese vivir en modo supervivencia no era otra cosa que tratar de hacerme pequeña, portátil, asumible. Era el incógnito de este carácter inabarcable, de esta bestia salvaje que habita en mí y que yo quería replegar. ¿Ante qué? Ante un puñado de seres humanos con océanos de ego infantil por saciar y ni una pizca de curiosidad por abrir la jaula -y mira que entraba sol por el tragaluz..-.
Pero, durante una eternidad, yo lo hice. Sabía lo que querían, lo que ansiaban. Y, como un sincara, podía ser cualquiera, menos yo -del todo-.
PORQUE PODÍA.
Porque era ese pequeño puzzlecito que eran cada una de ellas, de ellos, de elles. Yo podía porque yo ya me conocía la historia completa. Todas las historias las había oído -y las había vivido-. El gran problema de no ser un cliché, ni un rol, ni un estereotipo, ni limitada.
El gran problema es. El gran problema es que cada quien solo puede ver una parte de ti. Como parte de un tríptico enfocado por un haz de luz. Y el resto, oscuridad. Para el otro. Algunas sospechaban. Y yo me hacía aun más pequeñita y apagaba la luz de la lámpara para que no se asustaran.
Pero ya no lo hago más. Me da igual lo que quieran, lo que ansíen. Y, como una bestia salvaje, soy todas las formas y me alimento de sus miradas de terror -más de las de curiosidad. Aun más de las de un puñado de agentes del caos. También salvajes-. Y como gozo.
PORQUE PUEDO.
Entendí que mis paredes estaban cansadas de ahogarme. Ellas que querían expandirse y solo luchaban contra la entropía. Si, ya sabes. Vivir en modo supervivencia. Las paredes se han derribado. De los techos de mis casas solo queda un firmamente de estrellas y más estrellas. Y ustedes. Espero que encuentren el tragaluz.

Nacida en Cantabria, se enamoró de Tenerife y del resto de islas nada más verlas, no sin antes haber vivido en una quincena de ciudades de España y el resto de Europa.
Ha escrito varios relatos con otros autores (Santiago de Compostela, 2011-2012) y el poemario conjunto Nanas de Ciencia Ficción, que también fue su primera incursión en el mundo editorial con la fundación de la Asociación Nanas Ediciones Clandestinas (Madrid, 2012-2013).
Después de cumplir su sueño de vivir en Budapest, en 2014, regresa a Galicia y resulta ganadora del “Premio Avilés de Taramancos” de relato de aventuras por su relato en gallego Tom, Huck e o misterio da trabe de ouro (Editorial Toxosoutos, 2016) que se convierte en su primera novela juvenil (idem, Urco Editora, 2017). Después de esto, publica el poemario Sinfonía Aither (2020), la novela juvenil, A tumba do último pirata (Boadicea Editora, 2021) y el poemario Diez años en San Borondón (Editorial Fuerte Letra, 2022).
Compagina su pasión por la escritura con su trabajo en marketing digital con una experiencia de más de una década a sus espaldas con la gestión de la editorial Fuerte Letra de la que es cofundadora. Si no la encuentras entre libros, seguramente la verás subiendo algún monte de Anaga, estudiando una carrera sin fecha de finalización conocida, aporreando las teclas de un piano, organizando su próximo viaje disparatado o borratajeando en un lienzo.